6 de junio de 2010

Carta a Antoine de Saint-Exuperý

Porque todos tenemos verdadera necesidad de consuelo,
aun y si no recordamos cuando éramos niños

Estimado Antoine de Saint-Exuperý,
ha pasado mucho tiempo desde que usted pasó por estas tierras. Los colores se han venido gastando para generar un mundo en escala de grises. ¿Guerras? La que usted vivió no era más que un pañito de agua tibia de lo que se venía. De la misma forma que aviador perdido en el desierto con sed, la humanidad ahora perece con sed de algo mejor. Lo que sea.

Desde que usted estuvo por acá nos hemos venido degradando más. Ya nada vale una sonrisa, y si la hay es un acto de cordialidad. La confianza no es axioma social sino un mero acto de fe. Las ciudades están rotas en los horizontes de países del tercer mundo -porque en un mundo como este, tan roto y fraccionado, un mundo que es mejor no ver, hay países de primera categoría y países de tercera categoría. En fin, han pasado los años y con ellos muchas de las cosas buenas -al menos así lo parecen en el recuerdo- se han ido con ellos.

No obstante, usted y su pequeña más grande obra (El Principito, por supuesto) trascendieron todo límite geográfico o temporal. ¿Recuerda sus años de piloto de guerra? Ahora todo es más rápido: en estos días la información pasa de continente a continente con la velocidad de un parpadeo -lo triste es que la distancia entre un hola y un adiós también se reduce considerablemente. Lo que viene al caso: su obra se volvió un referente para la lectura y la imaginación. No solo para padres que lo regalaban a sus niños -hiperactivos, hambrientos de dulces y un tanto preguntones, casi siempre- para introducirlos al mundo de las letras, sino también era refugio obligado para jóvenes y adultos que quieren volver a recordar el cómo, el por qué y el para qué del soñar.

Pero siempre quedó un enigma. Esa tristísima declamación final en la que en medio de la soledad nos cuenta como el principito se va de nuevo a su mundo y usted queda a la espera de que vuelva alguna vez. Y ese último pedido de ayuda que nos hace -antes, tal vez, de esas últimas palabras que pronunció antes de perderse en las profundidades del mar-, es el que ha dado tanto material para súplicas a la suerte y el azar. Que le cuenten si alguna vez ven al principito. Que le busquemos y le contemos. No intentaré luchar contra décadas de historia que lo dejan a usted en la aurora del misterio y el romanticismo, por eso no lo buscaré. Más humildemente, le escribo.

Usted más que nadie sabe lo hermoso que es encontrarse seres tan bellos y especiales que uno no puede pensar más que cayeron de las estrellas. Usted sabe, y entiende, por supuesto, lo sublime de un contacto o una sonrisa cuando vienen de éste tipo de seres. Personas que entienden a las estrellas como millones de cascabeles y de magia. Personas así no se ven mucho, y por eso desaparecen extrañamente -muchos, no mordidos por serpientes, sino llevados por el rio, o compartiendo lecho en las profundidades de las tierras. Por eso, para dejar testimonio -antes de que algo pase, así sea el tiempo- le escribo esto. Para contarle de un personaje muy peculiar; una dama, de cabellos largos y rizos, una nariz que siente el oxigeno del planeta. Ojos que se mueren por ver, y manos tan pequeñas y tan tiernas que uno puede percibir que quieren abarcar el mundo. Un espíritu sensible. No cuida flores en planetas lejanos, es una flor que adorna este planeta. Y entiende el idioma del viento, y su canto. Entiende por qué una, solo una flor puede ser lo más especial en todo el universo. Yo intento tímidamente recordárselo en cada momento. Por eso le escribo esto, para responder su pedido de ayuda al final de tan bello libro: encontré una princesita. Tal cual, también viajera interespacial. Elevada no por un banco de aves solidarias, sino por nubes y buenos pensamientos. Tal vez no sea una serpiente la que interrumpa su instancia en mi tierra, bajo este cielo; tal vez sea el olvido, el tiempo o la fragilidad de los lazos. Por eso le escribo ahora, antes de que quede nadie bajo las estrellas.

Espero que mi historia sea un poco más larga que la suya. Que no me tenga que ir en un avión, intentando recordar por toda la vida cómo era que volaba. En el desierto que es este mundo actual (tal vez el suyo lo era por igual, pero con los años, los daños y las decepciones nos hemos vuelto más frágiles) cualquier mirada sincera, cualquier sonrisa con afecto, es un vaso de la más fresca y rica agua del mundo.

No le quito más tiempo,
le agradezco.

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