21 de mayo de 2010

Chapiñero

En los barrios bien de Bogotá, hay andenes amplios con arboledas. Grandes avenidas que se ven como lombrices amarillas en la noche. En los barrios bien de Bogotá, el paisaje es verde y el piso está a una misma altura siempre. No hay excusas para que la torpeza lo haga a uno caer.

Pero hay otros barrios de Bogotá que no son tan bien. Ni siquiera barrios completos. Algunas cuadras específicas. Algunas zonas cerradas, pequeñas como cofres repletos de polvo y lágrimas. Esos barrios representan en su geografía el espíritu que aqueja a quienes viven en ellos. Sus aceras son angostas, y sus pisos están rotos. El cemento de los andenes está siempre roto. Se acumula el agua de alcantarilla y uno ve el reflejo de sí mismo en un agua con olor a basura.

Y es que el ladrillo lo rompen para tener mejores sueños. Todo está roto por estos lares.

Y suena una canción de los noventa. La esquina queda cerca a una funeraria. Es como un mal chiste: si uno se muere de cualquier cosa (de empolvarse mucho la nariz, de dedicarle una mirada a la mujer equivocada, de querer mear en el lugar incorrecto, de tomarse una bebida con demasiados ingredientes) no hay protocolo necesario. Simplemente a uno lo arrojan en la esquina. A las puertas de la funeraria. Ahí lo atenderán como todo un señor.

Todo está roto acá. Los ojos venosos de los que cada vez que van al baño se ven al espejo. Los corazones de las chicas y los muchachos que se sientan en las mesas esquineras -uno con el corazón roto prefiere las mesas esquineras, de la misma forma que prefiere llorar por la esquina exterior de los ojos. También están rotos los zapatos del indigente que uno se encuentra en la esquina, ya estando uno borracho, cuando sale a la madrugada. Más allá (donde no queremos ver ni podemos nunca) está el cuerpo roto de alguien. Toda acción tiene una reacción. Hay que saber uno qué mira.

Entonces llego a la madrugada a mi casa. Me acuesto en mi cama e intento que el calor se vuelva un pegante. A ver si finalmente la pego, la reparo. Es que el alma, por si no lo saben, también se rompe con mucha facilidad.

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