31 de marzo de 2010

El Deber de la Inutilidad

*

Caminaba hacia el paradero de la ruta. No sabía bien por qué se movía. Ya reconocía el olor de ese tipo de mañanas. Olían a cigarrillo mal quemado (de esos que uno apaga en la noche anterior y lo vuelve a encender en la mañana). Se sentó en el paradero y esperó pacientemente a que llegara la ruta que la iba a llevar al colegio. Las mismas compañías se sentaron a su lado. -¿Yo qué estoy haciendo?- se preguntaba constantemente mientras miraba la ciudad pasar. Quería estar en otro lugar, pero, y eso ella lo sabía, en cualquier lugar se iba a sentir igual. No sabía cómo se sentía, sabía cómo no se sentía; feliz.

Encendía su iPod y se desconectaba de la realidad. Si hablaba era porque le preguntaban, si se expresaba era porque se lo exigían, si se comunicaba... era porque estaba borracha. O al menos ebria. En las mañanas hacía mucho frío. Se le subía por las piernas, así se debía sentir la soledad. Como una entrada de aire frío en la intimidad del cuerpo, del alma. Todo lo que tenía en su cabeza, su cultura, su soledad, su clase, su necesidad de presencia, se resumían en esas sensaciones exclusivas de la mañana siguiente. Ella no aprendió ninguna ley en la calle. Sólo sabía de las normas impuestas en la casa, en la academia, en el colegio y en su vida misma. Todos los vicios eran prohibidos. Todo era un vicio. La música era algo que se conocía si se profundizaba, y la literatura era privilegio de eruditos. Volvía a poner la canción, después todo el álbum. No dejaba de preguntarse cómo no había ido a ese concierto, cómo había podido dejar ir a Fito Páez. ¿A razón de qué? ¿Dónde estaba su corazón? ¿Tomándose fotografías en unas vacaciones familiares, o latiendo a mil entre cien mil cantando una y otra vez el mismo coro que ahora tarareaba tímidamente en clase de química?

-¿A ti te gusta La Máquina de Hacer Pájaros?- le preguntó Sebastián. Sólo en ese momento ella reaccionó y se dio cuenta que ya no estaba en el colegio ni ante las demás. Que ahora se podía dar en la cabeza y nadie la podría juzgar.
-Sí, mucho- respondió ella- ¿a ti también te gusta? Todo el mundo conoce a Charly y a Sui Generis, pero casi nadie sabe de La Máquina...
-Claro que la conozco- respondió Sebastián. Es más- continuó-, la máquina está debajo de mi cama. Todos los días pongo a que me despierten petirrojos, golondrinas, chupaflores y otras tantas maravillas-. Ella rió.

-¿Pero yo a qué le sonrío?- se preguntaba ella. Si lo pensaba bien había pocos momentos en que fuera feliz. Había momentos de alcoholemia, de frenesí, de fugaz enamoramiento, ¿pero felicidad? De eso ella hace mucho no probaba. Se ponía su cordón de colores en la cabeza -la segunda opción después de descartar el cuello por ser contrario a preceptos católicos- y se ponía a bailar con Jim Morrison. Tenía el cigarrillo en una mano, la cerveza en otra y se movía como si quisiera morirse en ese mismo instante de absoluto éxtasis. Sebastián la miraba con cierto asombro. Al fin y al cabo, mujeres así se ven pocas, y si se ven están mal de la cabeza. No hay que ser genio. Esas niñas, interesantes, curiosas, son la trampa de oso en la que uno se muere deshidratado. No obstante, siguieron hablando toda la noche. Preguntándose y respondiéndose.

-¿Y tú a qué te dedicas? Porque de bailar The Doors nadie come, ¿no?- preguntó Sebastián con risa, sorbiendo una cerveza que ya estaba tibia de estar en su mano y no en su garganta.
-Nada- respondió tajante (o triste, eso nunca lo supo Sebastián)- yo me muevo tranquila. Hago lo que me toca hacer, pero no hago nada. Soy espectadora, nunca actora.
-Qué demonios los que cargas, Casandra- respondió Sebastián con los ojos abierto-, pareces una golosina que se cansó de ser dulce... ¿te quieres ahogar en jugo de limón escuchando Lemon Tree o qué?
-A mí no me gusta esa banda- dijo ella rápidamente-... aunque sí conozco esa canción.

Pusieron su canción, la bailó de forma demente. Quemándose los pies contra un piso de baldosa que se hundía a medida que el peso de los problemas de Casandra lo oprimían. Sebastián la veía con risa y curiosidad. Ella sonreía, no era una niña interesante -las niñas interesantes, aprende uno andando en ciertos círculos, no sonríen, coquetean, follan, hablan mierda, pero no sonríen. No más viéndola uno sabía que le gustaba vivir. Tal vez no sabía vivir, pero le gustaba mucho la vida. Le gustaba mucho tener que vérselas con la resaca, saberse viva, aun y si era a partir (únicamente) de dolores.

**

-Y bueno, ¿eres feliz?- preguntó de la manera más desagradable.
-No sé- respondió ella-, a veces, como todos, ¿no? Algunas noches sí. En las que hablo mucho, en las que me presento y discuto y puedo decirle a alguien con argumentos que no estoy de acuerdo, que lo que él piensa me es más irrelevante que... que...-Mientras hablaba comenzó a bajar el tono. La canción que estaba sonando en ese momento en el computador de la sala se estaba acabando. Para cuando la canción terminó, era sólo un susurro lo que salía de la boca de Casandra. Así eran las cosas. Así eran las cosas más fáciles. Ella lo sabía, se quedó callada. Se sonrió y volvió a la pista de baile.


Ella se preguntaba lo mismo todas las noches. ¿Qué hacía, por qué lo hacía, a razón de qué? Nunca encontraba respuestas que le dieran solución a sus preguntas. A sus sin salidas, a esa inutilidad tan característica en ella. Se sonreía, siempre se sonreía. Sonreía mucho.
-Háblame de ti- dijo Casandra.
-No hay mucho que contar -dijo escuetamente Sebastián. Yo- prosiguió-, estudio, trabajo cuando se puede (no cuando quiero, porque así no me pagan) y leo y escribo cuando puedo. La verdad no hay mucho que contar, más bien háblame de ti. Te he escuchado poco y eso siempre es funesto.


Al calor de la conversación, la cerveza y el tequila comenzaron a hacer falta. Tragos fueron y vinieron, la conversación cada vez se hacía más laxa. Los temas más ligeros. Curiosamente, y eso pasa sólo con el alcohol, en esa conversación suave, en teoría superficial, mediada por los vapores del trago, uno se hermanaba más. Se volvía más íntimo, cercano. Uno era único en el universo. Después de varias canciones, y una que otra resbalada ya nada giraba ni se movía; en esa sala todo era estático, era una variante del universo gris. Los ojos cansados ya no veían bombillos. Veían puntitos de luz amarilla y muchos rayos. Eran soles artificiales. Préstamos de la tecnología para hacer un poco más feliz (feliz, no cómoda) la vida de los paisanos tercermundistas (que al fin y al cabo somos todos, pero con diferentes cantidades de dinero en el bolsillo).

-¿Qué haces?- preguntó Casandra a sabiendas de lo que sucedía a su alrededor.
-Me armo un porro, para fumar más tarde. ¿Has fumado?- preguntó a su vez Sebastián.
-Sí- respondió Casandra- algunas veces, con amigas del colegio.
-Así no me funciona- interrumpió Sebastián-, es mejor fumar solo, al menos a mí me parece. Uno lo disfruta más.
-¿Por qué?- interrumpió Casandra.
-Porque uno- siguió Sebastián- cuando fuma acompañado busca un cague de risa colectivo. Nada más. Para mí es mejor fumar solo y disfrutarla solo. Así uno es consciente de qué efecto es el que está en el cuerpo. Yo escucho música, camino, me pongo a pensar. Prefiero hacerlo solo.
-A mí eso me suena a ser adicto- dijo rápidamente Casandra-, fumando solo, en la noche ¿no te parece chirry?
-Pues eso depende de la persona, ¿no?- siguió él-. No me gusta fumar para trabarme, me gusta fumar para buscar un estado para mí. Y al fin y al cabo es una decisión mía, yo no reparto ni divulgo la palabra de santa María Juana, fumo para mí y con eso me basta. Chévere si alguien piensa como yo. Si no, que no me joda y yo no lo jodo.
-¿Desde hace cuánto fumas?- inquirió Casandra.
-Ya hace un tiempo- dijo Sebastián- ¿y tú?
-Desde hace unos meses... -respondió titubeante- con amigas. Pero no sé si me gusta, de vez en cuando está bien. Es que no creas, para mí muchas cosas son nuevas. Antes yo era lo que... ¿cómo lo llamarías tú? ¿Una godita?
-¿En serio? Divertido- decía Sebastián mientras terminaba de hacer el porro-. ¿Y te gusta definirte como goda? Porque acá nadie lo ha hecho, ni tus amigas ni yo. Al menos yo no lo he escuchado.
-No es cuestión de definirme, es como me siento -prosiguió Casandra. -Me siento extraña, viendo la realidad en un televisor y yo teniendo otra absolutamente distinta. Uno alcanza a sentirse sola, triste...
-¿Inútil?- interrumpió Sebastián.
-Exactamente...
-No hay que ser genio para conocer esa sensación. Pero, ¿por qué te sientes así?
-El tiempo no funciona igual con ciertas personas. Uno puede pasar mucho tiempo con ellas y poco habla. Yo no sirvo para hablarte, no así... que yo me lo diga... le-voy-a-hablar-a-tal-persona, eso simplemente no funciona. En cambio, si me pones a discutir sobre un tema, sobre cualquier cosa, sólo por llevar la contraria te podría debatir, discutir. La clave es eso, que para mí todo es un debate.
-¿Y no te sientes sola?- preguntó en voz baja Sebastián.
-Eso no se lo voy a contar a un desconocido, llevamos hablando... ¿qué? ¿cuatro horas?
-Hay moscas que sólo viven una hora, Casandra- respondió soltando la carcajada.
-Sí... menos mal que no somos moscas- dijo volviendo a la pista de baile improvisada.

***

-La verdad, espero que todo cambie pronto, Sebastián. Yo en el fondo lo sé. A penas salga del colegio y comience a hacer cosas, ya no me sentiré así... al menos así de inútil e infeliz.
-Uno nunca deja de sentirse así. El error está en pensar que la felicidad es permanente, o que la utilidad de uno depende de lo que uno hace por las personas, o por lo que hace por deseo de otras personas. Uno tiene que aprender a sentirse feliz y tranquilo con uno mismo, sin tanta pendejada. Tomando, fumando, leyendo, pensando... haciendo lo que a uno le gusta.
-Yo quiero... yo voy a estudiar derecho- siguió ella-. Me hace sentir cómoda, y es algo que me gusta.
-Claro, como ahí sí puedes callar a todo el mundo y mandarlos a la mierda. Ahí sí puedes hablar, ¿no? ¿Y tú, también cambiarás estudiando derecho, serás mejor persona, te sentirás feliz, acompañada?
-No sé, pero podría esperar. Ahora no es que me muera por estar acompañada. Todo el mundo anda solo, todo el mundo se mantiene solo y nadie puede hacer nada para evitarlo.
-Vieja tan emo, uno no puede pretender ni vivir en un valle de rosas ni tampoco que la vida es una mierda y ya. Dejemos eso para los suicidas, los chocobohemios y para uno que otro poeta de parque. La vida es esto, saberla vivir a cada momento, aprender a descubrir lo bonito que se nos da sin desconocer lo difícil o lo complicado que se nos puede presentar.
-Pareces cura...
-Sí, soy un enviado- respondió Sebastián sarcásticamente-, pero eso no le quita validez a lo que te digo. Por ejemplo, tú, potencial estudiante de derecho... ¿conoces la importancia de los derechos?
-Por supuesto, en el colegio me han enseñado sobre ellos.
-Qué ternurita tu respuesta. Tú vas a ser de las que cuando le pasen copias en la universidad, las vas a marcar con el nombre. No te rayes que no te estoy molestando, me parece muy chévere. Pero bueno, el caso no es ese. Yo no me refiero a los derechos que están en -o estaban- en la ya-violada-constitución-del-91, sino a derechos mucho más importantes, pero poco conocidos.
-¿Como cuáles?- preguntó ella sin saber si la estaban tomando del pelo o si era algo verdaderamente importante.
-¿Has leído alguna vez a Eduardo Galeano?
-No, yo casi no leo literatura.
-Sí, suele pasar. Eso es para hippies fumaporquerías. Pero bueno, pasando por alto ese detalle, hay un texto de este Galeano que se llama El Derecho al Delirio, o El Derecho a Soñar, una vaina de ese estilo.
-¿Y a qué lo traes a colación, me vas a enseñar español? La verdad yo ya estoy vieja para aprender español de bachillerato.
-No te pienso enseñar, no me va bien de profesor (aunque curiosamente lo soy). Pero uno siempre puede aprender algo. Ese texto, potencial estudiante de derecho, habla sobre ese poco usado derecho a soñar, a imaginar y a pensar mundos mejores que este que nos correspondió en suerte. En ese sentido, ¿por qué no extender ese mismo derecho a hacerlo con la propia vida de uno? Imaginar, soñar, ilusionarse... esos son derechos tan o más válidos que los derechos que supuestamente defiende el gobierno de turno. Por ejemplo tú, Casandra, ¿con qué sueñas, qué te imaginas?-.
Ante esa pregunta, ella se quedó callada largo tiempo. Le parecieron largos minutos mientras fumaba y pensaba.
-Yo sueño con ir a un concierto de Fito Páez- respondió entre risas, casi que como para salir del paso.
-¿Y no has ido? Es decir, ha venido varias veces a Bogotá. Es más, el año pasado se presentó gratis en el Rock Al Parque. Lo recuerdo bien. Esa noche terminé tronchadísimo caminando por la 50 buscando el camino a casa... creo que todavía lo busco -añadió con una sonrisa.
-No, no fui. No pude.
-¿Por qué?
-Eh... estaba viajando. Estaba por Europa.
-Europa, ¿ah? Qué placer no...
-Sí, pero no pude ir al concierto. Al parecer yo no ejerzo ese derecho- dijo riéndose. En ese momento, con esa última frase, ella comenzó a pensar cosas que no había pensado antes. Producto tal vez del alcohol, del cigarro o de la modorra que comenzaba a planear sobre el humo de la sala. Comenzó a pensar en lo que soñaba, en lo que imaginaba o lo que anhelaba. Realmente hubiera querido ir a ese concierto. Realmente hubiera querido cantar a mil entre cien mil las mismas canciones que ahora escuchaba cada vez que podía. Pero no había podido. Había estado en otro lugar, en otra geografía. Con otro paisaje tatuado en el corazón. Siempre era así... ¿cuándo hacia las cosas para ella, porque le gustaban o porque las amara? Su vocecita interior de repente se calló. No supo qué constarle. Tal vez por efecto del alcohol no se dio cuenta de que se había quedado callada y con la mirada perdida, sólo hasta que fue consciente de que los ojos se le habían aguado. Sebastián, que no había sido indiferente a esta situación, se quedó callado.

El resto, muy poco la verdad, de la noche pasó calladamente. Ya el baile había quedado en un plano secundario y la conversación se había vuelto colectiva. Igual a como terminan todas las noches, pero ésta era particularmente maravillosa. Mucho se había movido en esas cuatro paredes. En la belleza que rodea la conversación sincera. Una buena lectura, casi que un buen disco. Algo bueno entre tanta porquería moralista y aburridora.

-Casandra, te invito mañana a mi apartamento. Te voy a pasar unos textos que tal vez te puedan interesar. Veámonos en la tardecita, ¿te parece?
-Llámame en la mañana. Me dices cómo llegar y nos vemos, ¿listo?
-Te llamaré-, concluyó Sebastián, haciendo un gesto de despedida mientras avanzaba hacia la anfitriona de la reunión para despedirse.

****

-¿Se te complicó la llegada?- preguntó Sebastián mientras cerraba la puerta del apartamento.
-No, la verdad no. Vivimos bastante cerca, uno podría venir hasta caminando- respondió ella mientras miraba cautelosamente la habitación en la que acababa de entrar.
-Yo lo hago todo el tiempo, usualmente por falta de plata, pero ¿qué importan los motivos?- dijo él riéndose. -Bueno, Casandra, te tengo la primera clase de derecho que vas a tener en tu vida- ante eso, Casandra reaccionó con una mueca que daba mucho para pensar. Uno no sabía exactamente qué significaba. -No te preocupes-, continuó él- que nada de aburrido tiene. Simplemente quiero que seas consciente de algo- diciendo eso, se acercó a una mesa y cogió un libro.
-¿Qué es eso?- preguntó una escéptica (o tal vez aburrida) Casandra.
-Esta es tu entrada al concierto privado de Fito Páez que se desarrollará en breve en mi alcoba. No obstante, quisiera que lo vieras antes.
-¿Concierto privado? ¿De qué hablas?
-Bueno- respondió Sebastián con risa en la boca- tanto como concierto concierto privado no... es más bien el DVD de No sé si es Baires o Madrid a todo volumen, pero lo que importa es el detalle. Mira el índice del libro y verás.
Casandra tomó el libro y vio la carátula; Patas Arriba. Escuela del Mundo al Revés, Eduardo Galeano.
-Ahora mira el índice, ahí está tu entrada resaltada en color.
-¿Acá?- preguntó Casandra sosteniendo la risa-, ¿lo que está resaltado?
-Sí, léelo en voz alta, ¿cómo es que dice?
-El Derecho al Delirio- respondió ella, magistralmente.
-Bien, léetelo y me... discutes -sentenció Sebastián con una risa cómplice en el rostro-. Ahora, si te dignas, pasemos a la habitación; 11 & 6 ya va a comenzar.
Casandra abrazó el libro, miró al piso y se sonrió.
Sebastián, al verla, también.

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