26 de diciembre de 2010

Hipérboles

Estaba caminando buscando la dirección. Al teléfono un Andrés muy borracho le explicaba como llegar a la casa en la que estaban haciendo el almuerzo (la nueva casa, la que había comprado con su esposa Catalina). "Es al ladito de la estación de bomberos" repetía una y otra vez mientras se escuchaba la celebración que amerita sobrevivir un año más en el tercer mundo. Ya exasperado, mientras buscaba "al ladito" de la estación una dirección que no aparecía, recordó de la nada (o a causa de todo, en estos casos uno nunca sabe) a Amanda. Tres años para ni mierda, pensó. Para que se fuera con el primer imbécil que se le cruzó por la esquina. Nunca lo entendió. Su meditación se vio interrumpida cuando un Andrés aún más borracho le llamaba al celular a maldecirlo por no llegar rápido. Como con borrachos no se puede hablar le pidió que le pasara a Catalina. Ya con la dirección clara comenzó a caminar como la gente aburrida, es decir con rumbo fijo.

Quedaba a siete calles. No "al ladito de la estación de bomberos". Quedaba a siete calles de la estación de bomberos. Mientras caminaba le dio por pensar en la última vez que había estado con Amanda en un almuerzo de final de año de Andrés, ya hace un año. Mientras contaba las cuadras pensaba en esa mala costumbre que tenía Amanda. Siempre acortaba las distancias. Decía "queda al ladito" y quedaba en otro barrio. Decía "como a veinte minutos en taxi" y uno terminaba pagando una carrera de cincuenta minutos. Qué terrible costumbre esa de hacer parecer más pequeñas las distancias, pensaba mientras divisaba la casa del foforro al final de la calle.

Cuando iba a timbrar el consuelo lo abrazó. La explicación se le daba bajo la forma de un chiste cruel. Es que funcionaba en ambos sentidos: Amanda hacia parecer pequeñas las distancias con las palabras, pero también con las palabras hacia parecer sus sentimientos más grandes de lo que en realidad eran.

Al fin y al cabo, el "te amo mucho" que le dijo cada noche por tanto tiempo, terminó siendo mucho menos que amor y mucho menos que mucho.

19 de diciembre de 2010

Operación Navidad - Redacción Blog.com.co

Nota realizada para el portal Blog. Para verla, clic acá.

Hace algunos días un video del Ministerio de Defensa empezó a ser divulgado en los medios. En él se mostraba al Ejército Nacional haciendo la 'Operación Navidad'. El mensaje "Si la navidad pudo llegar hasta la selva, usted también puede llegar hasta su casa. Desmovilícese. En navidad todo es posible", con el que se puso en marcha la operación, buscaba apelar a los sentimientos de los guerrilleros, a la navidad y a la fraternidad, para hacer más sugestivo el mensaje de la desmovilización.

Más allá del uso político que se le pueda dar a la operación, sobre ésta cabría anotar varias cosas. Que las FF.MM. colombianas acudan a símbolos en vez de balas para hacer llegar su mensaje no deja de ser admirable. En ese sentido vale la pena resaltar que la "Operación Navidad" es innovadora en el sentido de que incluye una humanización del militar y del guerrillero. Por un lado, generan en las FF.MM. alternativas de acción más allá del éxito bélico (que vio su auge con el infame 'conteo de cuerpos', causal, al menos en un nivel administrativo, de los "falsos positivos"). Por otro lado, que se busque resaltar lo que se tiene en común con los guerrilleros es algo ejemplar y que resulta necesario si pensamos en la necesidad de un proceso de reconciliación nacional.

Finalmente, si algo deja claro la "Operación Navidad" es que en las distintas orillas del conflicto colombiano hay humanos con tristezas, dolores, ausencias y remordimientos. Seres humanos, que sin importar la orilla, quieren lo mismo: un país en paz. Algo que cabe considerar es que tras ocho años de polarización, incluso entre las distintas ramas del Estado Colombiano, ¿sería posible una operación como esta en la era Uribe?

Cuéntanos, ¿qué piensas de la "Operación Navidad"?

16 de diciembre de 2010

Wikileaks - Chismes e ilegalidades

Columna publicada en el portal Blog. Para verla, clic acá.

Mucho se ha dicho sobre las recientes revelaciones que hizo el portal Wikileaks. Sobre si es ético o no revelar documentos clasificados. La última gran entrega de documentos (denominada 'Cablegate') puso contra las cuerdas a la diplomacia mundial. Al filtrarse 250.000 cables de embajadas de EE.UU. alrededor del mundo, quedó expuesta mucha de la hipocresía y de los intereses non sanctos detrás del poder.

Colombia no ha sido ajena al escándalo que han generado las revelaciones. No obstante, los medios, colombianos y de otros países, en muchos casos han desviado el debate político sobre las revelaciones, a la discusión sobre si es ético o no revelar documentos clasificados (en el peor de los casos se quedan cubriendo lo que podríamos llamar los chismes de la diplomacia internacional). Tomar el camino del cubrimiento del chisme o pensar que lo importante en el 'Cablegate' es la acción de revelar los documentos y no el contenido de dichos documentos no creo que sea lo más sensato. Al menos no si pensamos a la humanidad como un todo que necesitamos que avance hacia democracias sólidas respetuosas de los DD.HH.

Sobre las revelaciones hay que hacer una distinción importante. Por un lado las filtraciones que evidencian la hipocresía propia de los canales diplomáticos (que a un funcionario tal, de un gobierno tal, le caiga mal un funcionario tal de un gobierno tal). Y por otro lado, las revelaciones que realmente importan, las que hablan de los manejos oscuros del poder internacional. Las dos son un secreto, las dos caen en la categoría de documentos clasificados, pero a las dos no las podemos juzgar de la misma forma. La hipocresía es algo que es natural a las relaciones humanas. En lo privado y en lo público solemos ser hipócritas, solemos ser, y de hecho usamos esa expresión, "diplomáticos". Si aceptamos que en nuestra esfera privada, como individuos, somos en muchos casos hipócritas, exigir que nuestras instituciones no lo sean es un sinsentido. Más cuando de ellas depende el frágil equilibrio de la concordia internacional. Teniendo en cuenta lo anterior, no deberíamos enfocarnos en los chismes de la alta diplomacia no solo porque es exagerar innecesariamente una situación, sino porque nos aleja del foco que deberíamos tener en esta discusión. Ese foco es el segundo grupo de documentos filtrados, los que muestran episodios oscuros del poder.

De la misma forma que en nuestra esfera privada entendemos nuestra hipocresía y la de los demás bajo ciertos estándares, a las esferas políticas se les debe aplicar el mismo análisis. No obstante la hipocresía secreta no se puede estar en el mismo grupo que acciones ilegales mantenidas en secreto. Que se refieran a Cristina Kirchner como "mentalmente inestable" es algo que puede calificar como chisme. Que una compañía farmacéutica chantajee a un funcionario nigeriano para que desista de una demanda por pruebas médicas hechas en niños, no es un chisme, es una acción claramente ilegal y que violenta los DD.HH. Que un helicóptero apache mate a civiles y a dos periodistas también es una acción ilegal y que atenta contra los DD.HH. En ese sentido, a pesar de que como documentos clasificados caen en el mismo costal, actos criminales y de corrupción mantenidos en secreto, no pueden ser juzgados de la misma forma que se juzga un chisme o una opinión de un funcionario que se mantiene en secreto para no minar las relaciones internacionales.

En este punto cabe recordar el refrán de "No maten al mensajero". Julian Assange y Wikileaks los considero, en lo personal, como ejemplos a seguir en el periodismo. En Colombia deberíamos reconocer el papel tan importante que juega el periodismo investigativo a la hora de destapar violaciones de derechos humanos y actos ilegales. En ese sentido, Assange no tendría por qué enfrentar un proceso penal, y Wikileaks no debería tener que hacer su trabajo perseguidos constantemente (vale la pena decir que en la tierra de la libertad, EE.UU., algunos republicanos están pidiendo la pena de muerte para Assange, y cargos de terrorismo contra Wikileaks). Los que deben enfrentar a la justicia son los que en esos cables se mencionan como autores intelectuales y materiales de actuaciones ilegales.

Wikileaks hay para rato. No será la última vez que escuchemos de ellos: es más, me atrevo a decir que ellos, y organizaciones similares, jugarán un rol muy importante en los próximos años. Al fin al cabo quedan muchísimas ollas podridas por destapar.

Sueños

Se recostó en su pecho. Toda la habitación olía a jazmín. La escena idílica imaginada por cualquiera con vena romántica. Su larga cabellera negra resaltaba con las sábanas blancas. En sus ojos siempre tenía una mirada llena de ternura. Tras ires y venires finalmente estaban ahí juntos, haciendo lo que sentían correcto: amarse. Él lo digería con pausas. Respiraba alegría mientras contemplaba la escena.

La música que sonaba en el computador lo despertó. En ella una voz melódica, con mucho ritmo, se preguntaba porque su corazón se sentía tan mal. Hasta bonita la canción, pensó y suspirando y balbuceando un pésimo inglés, cerró el reproductor. Se acostó en una esquina de la cama. No quería acostarse muy cerca de ella. Le fastidiaba el olor del decolorante que usaba para aclararse el cabello.

14 de diciembre de 2010

Hermana mayor, hermana menor

Pienso mucho en esa noche. Ella tenía un gabán. Estaba estallada. Como si le hubieran apaleado el alma. No le hablé. Todo el mundo hacía fila para hacer un papel en una versión retorcida de 'Conducta en los Velorios'. Yo estaba con su hermana menor. Mientras la hermana mayor sostenía la solemnidad del asunto, su hermana menor, en la licencia que permite la entrada a la madurez, se refugiaba entre sus amigos. Digamos que todavía éramos pequeños. (Bueno, a lo mejor no fue así. En lo personal, de repente me sentí pequeño. Sentir la vida tan frágil lo puso todo en perspectiva. Si ser adultos implica esa pérdida, seguida de esa aceptación, esa solemnidad, ese reconocimiento, yo no quiero ser adulto. Quiero permanecer como un niño. "Yo quiero a mi mamá").

Hacia el final del ritual me quedé sorprendido con lo parecido del acto estoy-bien-no-preguntes de las dos. La una y la otra no-lloraban igual. Eran tristezas similares. Tristezas tan dadas a lo interno que impresionaba. Generaba respeto, y, ¿por qué no decirlo?, miedo ante lo que se acumula y no se libera.

*

La idea era demorarnos poco. Llegar a la casa de la hermana mayor, no molestar mucho, quedarnos una noche y arrancar. "No le vayas a sacar la piedra" me dice la hermana menor a kilómetros de distancia. Se le nota la angustia. Los dos sabemos que es una posibilidad (que yo le saque la piedra a la hermana mayor). Llegamos. No recuerdo la última vez que había visto a la hermana mayor, pero apenas me abrió la puerta de su departamento no vi a la hermana mayor: vi a la hermana menor ya crecida, ya más grande.

Se sirve el alcohol y se da una conversación. Jamás había hablado con ella así. Así de largo y tendido. Sin sentirme perdido, sin sentirme dando pataletas de ahogado. Yo la miro y me río, entonces ella se sonríe. De repente me siento muy, muy borracho. ¿A quién estoy viendo, a la hermana mayor o a la hermana menor? Me confundí. No sé de quién es la sonrisa que tengo al frente. Me levanto para ir al baño. Me estoy lavando la cara y escucho una risa femenina. Estoy muy borracho, pienso, estoy escuchando la risa de la hermana menor. Salgo y es la hermana mayor riendo y mirándome con la cara de "¿Qué le pasa a este loco?", esa mirada que tantas veces me ha brindado la hermana menor.

Se parecen mucho. Maravilla ver como mueve las manos y como mantiene la conversación. Maravilla cuando se pone de perfil. Aunque hay diferencias importantes: la hermana menor posa mucho más en las fotos.

Recuerdo las onces que comía en esa casa. (Cuando era la casa de las dos hermanas). El 99.99 % de las veces era un emparedado y con café de leche o alguna bebida similar. El pocillo rojo, grande y grueso en el que tomaba el café en esos años vuelve a mi memoria cuando los veo, tal cual, en la cocina de la hermana mayor. En su cocina, producto de su trabajo. Cada vez me invade más esa sensación de realidad paralela.

Al lado de la cocina hay un reloj. De esos de pared, grandes y que siendo nuevos parecen muy viejos. El reloj está estático marcando las 6:25. ¿Pm, am? El reloj no se mueve y hace que el día se mantenga en un permanente amanecer o en un permanente atardecer. La hermana mayor saca de la alacena galletas. Mis favoritas, y no miento. Ella trabaja en la fábrica que hace mis galletas favoritas. Me río mientras le cuento. Me sonríe de una manera que me hace sonrojar. Mirando el reloj caigo en cuenta que no es que el momento se me haya hecho eterno. Lo que sucede es que estoy ebrio y se me olvidó que ese reloj no avanza.

Nos vamos acostar. Ella dice rápidamente "Buenas noches", me volteo un segundo y ella ya desapareció. La similitud final: el mismo estilo de despedida. Rápida, inmediata. Única. Difícil de describir pero un "Adiós" de esas hermanas, en cualquier nivel, supongo yo, es una despedida real. Me acuesto mirando para el piso. Pensando en que esa pueblo/ciudad intermedia celebró nuestra llegada con juegos artificiales. Me volteo y reformulo: la música de la plaza le hace correlato a mi estado anímico. Festivo, alegre.

Desayunamos. Bebemos en el pocillo rojo.

El atardecer marca el momento de coger camino. Una corta despedida seguida de un agradecimiento inefable. Me voy convencido de que si me quedo más tiempo en ese apartamento me re-enamoraré de la hermana menor. Salgo esperando no encontrarme esos sentimientos en la ciudad. Al fin y al cabo, ocho años es demasiado tiempo para estar detrás de una mujer. O bueno, cinco aprendiendo a conocer y a querer a una niña, y tres jugando al escondite con los sentimientos que dejaron esos cinco años.

En la carretera veo nubes que parecen carbones a punto de apagarse. Están marcando el final de la luz solar. Miro la hora: son las 6:25pm.

Doña María Helena estaría orgullosísima de sus hijas. De las dos, de la mayor y de la menor.

31 de octubre de 2010

Noche de Halloween: mi noche favorita

I

La noche de Halloween es mi noche favorita del año. Salgo al anochecer y el mundo, de repente, me resulta un lugar increíblemente inocente. Soy yo el que está equivocado. Que se diga la verdad (me dan ganas de decir en ese día): todo es un disfraz.

Salgo a la calle y me asombro del disfraz de desplazado que tiene toda una familia -por cierto, muy comprometida- en el semáforo de la esquina. Sonrío pensando en lo increíble del camuflaje que se consigue en tiendas: los soldados que me encuentro en cada esquina son muy parecidos a los reales.

En Transmilenio todos están apretados. Las caras largas y sólo miradas de cansancio a través de las ventanas. Es que no se nota, pienso, no se nota ni siquiera el maquillaje. Muy camuflada debe estar la sonrisa de estas personas. Sonrisa de satisfacción de saber lo bueno que es su disfraz: engaña a todo el mundo.

Es la única noche que salgo y miro al mundo, su miseria, su tristeza, su
irrealidad y sonrío pensando que todo es un disfraz: un engaño muy elaborado. Pero ese pensamiento, casi de éxtasis al pensarme en un mundo perfecto, me resulta escalofriante. Me doy cuenta entonces que muchos de los problemas de este mundo se dan porque la gente se toma muy a pecho su disfraz. Lo que cree que es, lo que piensa que cree, lo que considera que es correcto.

II

Escena I

Llego a la torre de mi apartamento. Diez o doce niños están a la entrada (la mayoría estaba disfrazado). Timbraron en muchos apartamentos pero nadie les abrió la puerta para que entraran a pedir dulces. Cuando llegué estaban maldiciendo a los
tacaños que vivían ahí. Me río al frente de ellos. Les digo la verdad: yo no tengo dulces en mi apartamento, pero yo les abro la puerta para que jodan un rato a los tacaños que no les abrieron. Se ríen y aceptan. Poco después comienza un escándalo como de 15 minutos.

Igual les dio por timbrar. Salgo y les resalto nuestro trato. Una chica, bajita, mona, vestida con un chaleco (aunque no creo que fuese disfraz) me dice "No, pues entonces déjese ver con el arete" y me señala la oreja. Casi me caigo de la risa, la despido y me dice, riéndose, "En la buena, ¿no?"
Escena II

Iba saliendo a caminar un rato pero me quedé hablando con John, uno de los celadores. A lo lejos vi que muchos de los niños se entraron. Se quedaron cuatro, una chica alta, la mona
frentera (por así decirlo) y otros dos niños. Sólo uno del parche estaba disfrazado. Mientras hablaba con John me di cuenta que se estaban acercando (los cuatro) muy lentamente. Al final fue evidentente que querían acercarse cuando las dos niñas se pararon, muy disimuladamente, claro, al lado de John.

Se me quedan mirando. Les pregunto si quieren algo. La más alta, Camila, trece años, me dice "Es que nos da pena, va pensar que somos unas degeneradas." Me reí y les pregunté si querían cigarrillos. La mona, Ángela, quince años, se rió y me dijo que no. Me dice: "Queremos una Cola & Pola. Y pues a nosotros no nos la venden, ¿será que usted, así todo buena gente, nos la compra?". Me reí, me alejé de John (por si alguien escuchaba y le jodía el trabajo). Hice conversación ligera un rato. Me supe las edades, los nombres y uno que otro consejo práctico frente al trago (lugares comunes de prevención, si así se quiere). Me contaron que ya habían tomado (a qué se referían, la verdad no sé) y que no podían en ningún apartamento porque (en palabras de Ángela) "Se nos dañaba el parche", por eso lo iban a hacer en el parque del conjunto

Les compré el refajo áquel, un paquete grande papas y una botella de agua (que yo les invité). Llegué al conjunto, y les entregué la bolsa con los tres elementos. Les conté que les compré el agua porque siempre que se tomaba lo más importante era estar hidratados. En el fondo sabía que el refajo no les iba hacer mayor cosa, era una cuestión más de enseñar y generar el hábito. Se ríen, me dan las gracias y se van a tener esos maravillosos momentos que uno construye en esas primeras complicidades infantiles.

La verdad no me sentí mal por hacerlo. Ni corrompiendo menores ni nada parecido. De todas maneras cuando llegó mi mamá le pregunté lo que pensaba sobre la situación. Coincidió conmigo en que no había sido una decisión tan desacertada. Eso sí, me resaltó, que ella le preocupaba cualquier papá patán que se enterara y lo tomara muy, muy mal. Casos se han visto, como quien dice.

La noche de Halloween es mi favorita del año. Pero que timbren tanto en el apartamento no es bueno para mis nervios. No cuando lo que me dijo mi mamá me alcanzó a poner paranoico.

29 de octubre de 2010

Seminario, Ramos, y Wittgenstein

Seminario de Wittgenstein. En teoría de 15 a 18hrs. En realidad de 15 a 18:45hrs. Profesor Jaime Ramos.
En una ocasión tuve que retirarle una materia a él. Me parecía un profesor demasiado estricto. Intratable, si se quiere. Por otro lado, Wittgenstein siempre me gustó. El único problema es que nunca lo he entendido bien.
Esas dos frustraciones se unieron cuando me enteré que el seminario del autor alemán lo iba a dictar Ramos. 'Ya fue', pensé. Toca jugársela.
Comencé el proceso. Ramos de vez en cuando sonreía en clase. Una sonrisa muy tierna, sincera. Muchas veces, tal vez por el tema, tal vez por como es él, tenía accesos casi que poéticos. Discursos que emocionaban. Se ríe. Nos pregunta si entendemos y avanza.
Me cambió toda la visión que tenía de él. De lo que significaba, de cómo se comportaba. Del ser humano intratable que yo pensé que él era, no queda nada. Queda el detalle bello de un profesor que invita 'el tinto y la empanada' en el receso de clase. Él es así.
Anoche hubo un momento hermosísimo. La clase duró más de lo normal, salimos casi a las 19hrs. Todo el seminario, 13 personas, nos quedamos al frente del departamento de Filosofía. Nos quedamos conversando y hablando carreta. Al rato salió el profesor. Se quedó mirándonos y nos dijo: "¿Mucho Wittgenstein, entonces? ¡Qué curso más aplicado!". Continuó la conversación preguntándonos si nos sentíamos muy perdidos, o sin entender casi nada. Le respondimos, a coro, que la clase encantaba y el autor alemán gustaba envolvía de una manera maravillosa. Que era complicado, sumamente complicado, y que eso muchas veces frustraba.
Él, como hace muchas veces, bajó la cabeza, cerró los ojos y se llevó el índice y el pulgar al punto más cercano entre la nariz y el espacio entre los dos ojos. Guardó silencio uno, dos, tres minutos. Después levantó la cara, nos miró y dijo: "Pero eso es lo bonito, ¿cierto que sí? Es como dice Spinoza... al final de la Ética, ¿no lo han visto?". Respondimos que no, pero por aquellas coincidencias de la vida un compañero tenía una copia de la Ética de Spinoza y se la pasó al profesor. Él se acercó a las ventanas del departamento para la luz le ayudara a buscar una página. Un par de minutos de silencio y nos leyó lo siguiente:
"Y arduo, ciertamente, debe ser lo que tan raramente se encuentra. En efecto: si la salvación estuviera al alcance de la mano y pudiera conseguirse sin gran trabajo, ¿cómo podría suceder que casi todos la desdeñen? Pero todo lo excelso es tan difícil como raro."
(Baruch de Spinoza. Ética demostrada según el orden geométrico - Escolio.)

Todos guardamos silencio. Él sólo agregó: "Es que si fuera fácil no sería tan bello" (y no lo decía refiriéndose exclusivamente a Wittgenstein, sino al conocimiento en general). Poco después se fue, sonriéndo y diciéndonos 'Yo veré, se van a estudiar para el final'.
Qué bello ser humano es Jaime Ramos. Cada vez que sonríe, con cada ejemplo elaborado, con cada consejo que da, se le nota el amor que tiene por lo que hace. Y eso es maravilloso.

26 de octubre de 2010

Conversación con un doctor

Llegaba de los cocteles de doctores a llorar en su apartamento. ¿El motivo? Sus amigos y colegas, estaban al servicio de la alcurnia de la ciudad. Cuidando que los azúcares no estuvieran muy altos y que la putita con la que se acostó el patrón no hubiera dejado sarna a su paso. Esto lo llenaba de envidia y rencor. Una noche la conversación giró en torno a las manos de los pacientes y las posibles dolencias. Contaban de cuando salían granos o verrugas en la piel. Uno de los doctores, de las más altas academias por supuesto, contaba a sus colegas que por estética él siempre recomendaba -a esos pacientes con verrugas en las manos- usar guantes de seda. Consideraba que la estética primaba en las distintas ocupaciones de sus pacientes -que incluían la equitación, la diplomacia y alguno que otro robo disimulado-. Por su parte el doctor (nuestro doctor, el protagonista de esta historia) asentía narrando alguna anécdota inventada. No obstante moría por dentro. Sentía vergüenza al pensar en sus pacientes, y como estos no eran de guantes de seda, sino de pica y pala y uñas negras de trabajar la tierra. Humillado hasta el fondo de sí, se despidió temprano y se fue.

-Hijueputa régimen subsidiado, maldecía camino al carro.

22 de octubre de 2010

Bus por la 15

Me subo en el bus esperando que el viaje no tarde mucho. La vía estaba, de hecho, despejada. Como por arte de magia, segundos después de que subí, comenzó el trancón. Me senté con tranquilidad a esperar cómo se daba el asunto. Al mirar por la ventana suelto la carcajada: en una vitrina un letrero gigante que dice 'Para tu bebé: Farmatodo'. Inmediatamente pensé: junkies desde chiquitos, ala.

Sube un músico. El músico canta. El músico aplaude. La gente aplaude. El músico comienza a pasar por los puestos. La gente comienza a hablar por celular. El músico se baja. Seguimos en el trancón. Un minuto después desde mi ventana vi que otro músico de la calle le hablaba al conductor del bus.
-Se acabaron de bajar, dice el conductor.
-Pues sí... pero mire que el trancón está largo y usted no tiene radio [me resultó evidente que estos dos tipos eran lo que se denomina 'amigos del camino']
-Ahh, pues sí... súbase.
Este diálogo fue tan rápido que el músico número dos alcanzó a saludar y despedirse del músico número uno que estaba al frente de la puerta trasera del bus (que ahora parecía estacionado en medio de la 15 por causa del trancón). Por mi parte volví a reírme. Entretenimiento gratis, pensé. Y efectivamente, tremenda serenata.

Se baja el músico y comienza a sonar una voz chillona desde adelante del bus. Hablaba y hablaba la señora con su amorcito, cielito, bebecito. En un momento, que sonaron varios pitos en la calle, la señora casi que gritó 'Ahhh! No te escucho nada!', me reí pensando en las ganas que me daban de decirle 'Pero nosotros le escuchamos todo, fresca'. Tras un par de minutos se quedó callada y la calma volvió al bus. En ese punto no estaba lleno, pero ya como dos personas iban de pie. Poco antes de Unicentro se subió una mona, cuchibarbie, bastante estirada y con cara de asco. Subió con otra mujer con una mirada mucho más tranquila. Hablaba como dirigiéndose a su amiga pero en realidad miraba a todos en el bus, como si quisiera que la escucháramos. Decía en voz alta, 'Ahh, es que no pasan taxis. Qué jartera que no pasen taxis. Por eso me tocó subirme aquí, es que no pasan taxis'. La escena se repitió un par de veces hasta que efectivamente el bus se llenó y el silencio, o los monólogos telefónicos, fueron reemplazados por un murmullo.

Un minuto después de que el bus mutara en una lata de atún, se subió un muchacho que vi desde que se acercaba al bus desde el andén. Salto la registradora con maestría y de repente tomó un semblante de enfermo y comenzó así [con una voz, perdón la comparación pero sé que dará a entender el sentido que quiero expresar, similar a la de un niño con problemas]:

"Damaaaaaaaaaaaaaaaas y caballeroooos, lamento molestarleeeeeeeeeeees (...). Y yo estaba en Chocó con mi famiiiiiiiiiiiliiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaaa (...). Y cuando nos tocó irnos de Sucre, porqueeeeeeee yo vivíaaaaaaaaaaaaaaa en Sucreeee [Sí, se daban estas contradicciones lógicas en el relato. Que fueran muchas y tan descaradas me hicieron pensar que realmente el muchacho nos estaba participando de alguna clase de concurso. Si uno intervenía y corregía al muchacho por los datos que contenía el relato, el valiente interlocutor se ganaría una puñalada]".

Cabe resaltar que el murmullo, después de la segunda palabra pronunciada por el muchacho, cesó. Nadie dijo nada. El ambiente se tornó tan incómodo que tras una cuadra la mayoría de las personas que estaban de pie se bajaron. No obstante, en el momento en el que el muchacho terminó su relato e inició el '¿me colabora?', el tono de su voz dejó de ser lastimero o lento. Pensé que me iba a ganar una puñalada cuando una niña, a un puesto de donde estaba yo, le respondió la manipuladora pregunta con un atrevido 'Aquíiii tiene, mijooooooooooooooooooooo', y yo casi muero de la risa.

El trancón se pasa. Avanzamos por Bogotá. El bus va quedando otra vez vacío y en silencio. De repente suena otra vez esa voz chillona y desesperante de la señora que está bien adelante. Suspiro y empaño la ventana de mi puesto. Me maldigo por no tener algún aparato en el que pueda escuchar música.

Me maldigo diez mil veces más cuando veo que el bus agarra por otra cuadra y me doy cuenta que no me servía.

En el andén veo que se aleja el bus por la esquina. Saco la billetera y no tengo ni un sólo peso.

16 de octubre de 2010

'Lo siento chica, estoy drogado'

Las viviendas estudiantiles de la nacho son un buen lugar para darse de baja. Los viernes y los sábados los ánimos se exageran. Tanta chica solitaria, tanto muchacho melancólico. Diegol me mira y sonríe. Me dice 'Es que los viernes y los sábados los ánimos se alborotan. La fiesta, la farra. Muchas drogas. Es un día propicio para todo'.

Pero la mayoría de las parejas se cuadran los viernes o los sábados, me dice mi amigo.

A principio de 2010 - II un muchacho se suicidó. Vivía a tres habitaciones de donde estaba yo. Me cuentan que se botó con un libro en la mano. Miles de cosas se le pueden añadir, casi todas bajo la forma de mitos urbanos. Que gritó el nombre de su amada antes que sonara su cráneo estallándose contra el concreto. -Yo no lo vi -me dice mi amigo-. Sólo, en la mañana, vi como las palomas se bañaban en la sangre que había caído hasta la canaleta-. Él se mató un viernes. Y es que tras lo festivo de las gaitas y de los tambores, un silencio queda. Mi amigo me cuenta de sus paranoias. De los ruidos. De la gente. De las miradas.

Acá cualquiera se puede morir

Yo me suicidaría un lunes [no festivo]. "¿Por qué?", me pregunta él. La respuesta es fácil: matarse un viernes o un sábado es una falta de cortesía para con los que uno quiere. Es arruinarles el fin de semana. Quieren descansar, quieren dormir hasta tarde. Salir el domingo al parque Simón Bolívar a montar bicicleta. No a meterse en una funeraria con una aromática que huele a muerto. ¿Pero por qué precisamente un lunes? Porque así les cago toda la semana, pero de una forma bonita: los pongo a pensar. Sus rutinas les parecerán efímeras. Todo les resultará ficticio. Sería en la mañana. Seis de la mañana de un lunes. El teléfono suena -Aló?-. Silencio a un lado. Llanto al otro. Paila. Ese marica se mató. Y la semana queda rota. Pero también les hago un favor. Si me eran muy cercanos, hasta dos días tendrán de descanso. Y el fin de semana, cuando todos quieran descansar, ellos también lo harán. Incluso de mí. Reitero, yo me mataría un lunes. Cualquier otro día: imperdonable falta de cortesía para con mis amigos.

Intento fallido

Estaba estudiando para un parcial. También un sábado creo. Estoy estudiando, muy normal yo, bien torcido. Suena un griterío, salgo a la ventana, y un hijueputa colgado de las manos del balcón. Yo pensaba 'este tipo se va matar, ¿y ahora cómo hago para estudiar? ¡Joder! Tengo que hacer un parcial'. Finalmente lo convencieron de subir. De que vivir era algo chévere. ¿Cómo habrán hecho?

Además de las muertes, y de todas esas características del mundo real, está, cómo no, la academia. Hay que rendir. Hay que sacar buenas notas.

Rebeldía

Las viviendas estudiantiles de la Universidad Nacional han estado siempre marcadas por historias macabras. Tomas, retomas, suicidios y malas notas -no se pueden sacar de la lista. Tintes rojos adornan los pasillos. Entre matas de mariguana que me llegan al pecho se comienza a bailar. Atardecer bogotano: rojo. Cualquier otro color no sería apropiado. El humo se hace más físico cuando la luz del sol lo atraviesa constantemente. El ambiente se hace festivo. La tarde toma un camino surrealista.

El atardecer cae. La habitación se vuelve un lugar seguro. Bello. A la que le caen los últimos rayos de sol. Muy bonito.

¿Uno qué dice ante estos instantes tan bellos? Tan irreales.
Mi amigo me mira, y caricaturizando la respuesta ante una potencial interrupción, mira al atardecer, me mira a mí y me dice, sonriéndome, 'Lo siento chica, estoy drogado'.

3 de octubre de 2010

El famoso 'di no a las drogas'

Columna publicada en el portal Blog. Para ver dicha entrada, clic acá.

Para quienes están familiarizados con mis columnas, saben que tengo una posición muy clara en lo que respecta a las sustancias psicoactivas (legales e ilegales) y que estoy involucrado con una organización que aborda el tema desde una perspectiva no prohibicionista (pero de ella escribiré en otra oportunidad). No obstante, dentro de toda política de drogas
tiene que haber un componente de prevención del consumo. Buscando repensar ese lugar común del famoso 'di no a las drogas', me gustaría abordar esta cuestión.

Desde hace unos días he venido pensando que lo que disuade a las personas del consumo de sustancias usualmente se da por dos elementos: i) uno moral (
la sustancia es ilegal) y ii) uno de salud (que puede hacer daño, o el temor a hacerse dependiente). No obstante, he pensado que hay un argumento (para probarlas) que en algunas ocasiones llega a eliminar los argumentos para no hacerlo. Ese argumento, para no ponerlo más largo de lo debido, se puede resumir en "experimentar con la conciencia".

El argumento de la experimentación usualmente toma peso en las reflexiones previas al consumo (no en todas, pero sí en muchas). Aunque acepto que la experimentación es un elemento de peso en el consumo, la sola frase "experimentar con la conciencia" me parece desafortunada. Le da a uno la idea de un Indiana Jones atravesando la selva de la conciencia y mirando qué se encuentra. A mí me parece mejor comparar esa experimentación con saltar con paracaídas. Uno sólo tiene control sobre el paracaídas -cuidarse uno, intentar no matarse-, pero no sobre lo que va a ver durante "el viaje". Es importante decir con las sustancias psicoactivas cada ocasión es distinta y puede haber excelentes experiencias como también malosviajes (y estos pueden ser experiencias muy, muy fuertes). Lo que se debe hacer es educarse y conocer información sobre las sustancias y sus efectos.

Esto lo digo pensando en las personas que no consumen sustancias y que han pensado en hacerlo. Soy partidario de la reducción de riesgos, soy partidario de las libertades individuales, soy partidario de experimentar, pero no soy partidario de la estupidez. Uno no debe consumir algo sin cuidarse. Hay que hacer las cosas porque se quiere. Sin que nadie lo obligue o peor aún, sin que la ignorancia sea la que tome la decisión. No hay que olvidar que ser responsable hace parte de ser libre.

Hay que gozar la libertad de elegir. Pero esto nos puede traer tanto buenas como malas experiencias. Depende de uno cuidarse y saber cuándo decir 'no' (que viene a ser cuando uno no tiene motivos propios para decir 'sí'). Por eso es mejor, cuando no se sabe bien qué se está haciendo, acudir a ese lugar común de decir no a las drogas.

27 de septiembre de 2010

El Delirio

Columna publicada en el portal Blog. Para ver dicha entrada, clic acá.

No suelo hacer reseñas de películas, pero voy a hacer una excepción en este caso. La Sociedad del Semáforo (LSDS) (dirigida por Rubén Mendoza) bien lo vale. Es una muestra de cine colombiano alejado de esas malformaciones salidas del intento tercermundista de parecerse a un Hollywood de traquetos (no tengo que mencionar películas o series que apelan a esa combinación de putas, drogas y narcos, creo son evidentes para todos).

La película nos presenta una visión del centro de Bogotá en la que los protagonistas son los antihéroes de la capital. No cae en lugares comunes de cursilería, casi que de lástima, por los papeles asumidos. Es una humanización de ese ser que como concepto -el gamín, el bazuquero- nos es cercano, pero como realidad (quién es, de dónde viene) se mantiene en un secreto lejano. Eso es LSDS: una mirada a la humanidad de estos personajes. Es un retrato tan real, que parece ficción. Ciertas escenas, algunos diálogos y algunos momentos parecen salidos de un relato ficticio o de una fantasía producto de un malviaje.
Pero la verdad es otra. LSDS muestra una realidad tan real (valga la redundancia) de esa Bogotá alejada de todo (pero que contiene miembros de todo el país) que aturde. En el teatro en que la vi la gente reía ante algunos comentarios y ante algunas escenas. Una muestra más de nuestra ignorancia: pensar que el que se mete crack para aguantar el hambre es algo 'extraño', 'divertido', o en el mejor de los casos, digno de una expresión del tipo 'uy, qué video'. Se reían ante lo que asumen como exótico, pero que uno desde el sentido común debería entender como una realidad que sucede en muchos lugares de esta rota nación. Una realidad condenable no desde la moral o valores de ese tipo, sino desde el más sincero y afectuoso cariño a la dignidad humana.
El mensaje político es claro, aunque matizado. No cae en discursos contextuales en los que se ataca a alguien o se critica a alguien. Es un llamado de atención y una crítica a todo el sistema. Los diálogos, y los bellos detalles que dan cuenta de la historia de cada uno de los personajes, le hacen ver a uno, como espectador, que la crítica es simple pero contundente: una sociedad no está bien si lo que pasa en esta película es real. Independientemente de quién es el que está en el poder, independientemente de los valores o de la moral de una sociedad, ésta no puede estar bien si la realidad supera a la ficción.
La película es un poema visual y musical. La banda sonora, realizada por Edson Velandia, es una verdadera obra de arte. Se siente su conexión tácita con la película. Son una misma energía; un mismo bofetón al espectador incauto que espera ver otra producción en la que unas tetas de quirófano sean las protagonistas y la creatividad brille por su ausencia.
En serio, asista al delirio. Se le dijo.
Para ver el tráiler de La Sociedad del Semáforo, haga clic acá.

30 de agosto de 2010

2ª Conferencia Latinoamericana de Políticas de Drogas - Cubrimiento

Publicado en el portal Blog. Para ver dicha entrada, clic acá.

Los días 26 y 27 de agosto se llevó a cabo en Rio de Janeiro, Brasil, la
2ª Conferencia Latinoamericana de Políticas de Drogas. El evento, organizado por las organizaciones Intercambios (Argentina) y PsicoTropicus (Brasil) contó con la participación de jueces, fiscales, ministros, científicos y analistas de talla internacional. Los jóvenes tuvieron presencia como asistentes, representando a muchas de las organizaciones de activistas del continente.
A pesar de que la discusión durante los dos días no tuvo un matiz activista, los ponentes (muchos pertenecientes a organismos burocráticos del tipo UNODC) sí tuvieron voces críticas con las actuales políticas de drogas alrededor del mundo. Para resaltar algunas de las tristes realidades están hechos como que en varios países del mundo la sola tenencia de sustancias psicoactivas es causal de pena de muerte o de largas temporadas en campos de trabajo forzado en la que el adicto se cura. La nula distinción entre usuario de sustancias psicoactivas y adicto se abordó en la discusión. No obstante, el tema fue mucho más allá.
Se discutió sobre la necesidad de que sea política internacional la inclusión de evidencia científica en las políticas de drogas, y también se contempló el tema de la legalización pero desde una perspectiva mucho más profunda de lo que estamos acostumbrados a ver en Colombia. Se expuso cómo las vías de la prohibición no sólo generan daños en el consumidor y en un sistema judicial precario (como lo comparte todo el tercer mundo) sino que se analizó las implicaciones que el narcotráfico (producto de la prohibición) tiene en todos los estamentos sociales. Como gran conclusión está el hecho de que independientemente de si uno consume o no drogas -incluso independientemente de si uno alguna vez ha tenido contacto con ellas-, uno se ve permanentemente afectado por las políticas económicas, sociales, políticas y culturales que acarrea la prohibición.
Una gran parte de la discusión giró en torno a que las políticas de drogas actuales, al no tener un componente serio en prevención y reducción de riesgos en el consumo de sustancias y por otro lado un gran interés en judicializar y criminalizar, ha generado un aumento considerable en las infecciones de VIH/Sida. De la misma forma se concluyó que actualmente la sociedad civil no tiene acceso a información objetiva y científica, sino que al contrario, las políticas y la información que se maneja actualmente, responde a consideraciones políticas de los gobiernos de turno, más que a una visión social de los estados por el bienestar de sus ciudadanos.
Todos estos elementos contribuyeron a concluir que las actuales políticas de drogas violan abiertamente los derechos humanos -ratificados en incontables declaraciones y acuerdos internacionales- y que en últimas atentan contra la seguridad e integridad de los ciudadanos (que en teoría son la razón de ser de las leyes). Se hace necesario reconsiderar la estrategia contra las drogas a nivel mundial. Episodios como la reciente masacre en México tienen que ser un aviso para que la sociedad civil se organice y los gobiernos escuchen lo que se han negado a reconocer: la guerra contra las drogas no puede ser ganada.
Cuña: Como parte del cubrimiento a la situación de políticas de drogas y los jóvenes en Latinoamérica, en próximas entregas se resaltará la labor de diferentes organizaciones juveniles a lo largo del continente.

16 de agosto de 2010

Carta de Motivación

(Un amigo hace unos días me contó que para pedir intercambio desde la Universidad Nacional a la Universidad de Buenos Aires (en Argentina), debía hacer una carta de motivación. Me pregunté sobre lo que yo escribiría estando en su situación. De esa respuesta surge este texto.)

A Quien Corresponda

Universidad de Buenos Aires

Facultad de Filosofía y Letras

Buenos Aires, Argentina


¿Por qué irse?

La pregunta cabe, porque no son motivos extremos los que a uno lo lleva a hacer un intercambio académico. Las ganas de salir del país, conocer el extranjero, tener otras experiencias, pesan muchísimo. La realidad es que la preparación universitaria actual, se piensa en miras a la internacionalización. La experiencia humana que se alcanza –que alcanzaría, hablando ya en primera persona- es una cosa que queda para toda la vida.

El deseo de hacer este intercambio universitario con la Universidad de Buenos Aires, también contiene estos elementos. El deseo de conocer país nuevo, una cultura nueva, una nueva manera de ver el mundo, son alicientes en este proyecto que quiero iniciar en Argentina. No obstante, también hay motivos más diversos más personales, a pesar de que se dan desde lo público, los que me impulsan a iniciar esta empresa.

Colombia es un país maravilloso. Su geografía, su gente, sus paisajes y sus tradiciones. Pero uno tiene que ser sincero; intentar obligarse a ver el panorama completo. Cuando uno hace este ejercicio, o al menos cuando particularmente lo hago yo, se encuentra con un panorama desolador. Colombia, la historia, la situación política, cultural, social, económica, bélica (entre otros muchos, muchísimos más elementos) se han encargado de exprimir hasta la última gota de esperanza o de motivación del grueso del pueblo.

El problema en Colombia se llama desesperanza, y acá ésta se propaga con la rapidez de un virus. Crece con cada generación nueva. Con cada decepción nueva. Con cada líder asesinado, con cada oportunidad desperdiciada, con cada chance perdido. El colombiano no es (ya escucho las voces tiernas diciéndome que hay que ir en contra del determinismo cultural… bellos ellos), al colombiano lo han vuelto, lo han convertido. Esta sociedad, esta realidad que nos corresponde, se encarga de drenar cualquier atisbo de esperanza.

Y a uno se le van yendo las ganas de intentar hacer algo. Y más en una isla como lo es filosofía. [Inclusive, si me permite contarle, el ostracismo en filosofía, acá en la Universidad Nacional, es tal que al departamento le dicen “Guantánamo”]. Ahí, particularmente en esta carrera, nunca es muy claro cómo es que uno la va lograr. Uno tiene ciertas visiones, epifanías entre textos polvorientos. Alegrías pasajeras cuando uno se encuentra con un fragmento de particular belleza o, mejor aún, que contiene una gran carga de practicidad. Pero la sociedad se encarga de extirpar eso con brutal eficacia.

Entonces pasa: uno ya no la ve tan clara. Uno comienza a preguntar qué es lo sensato de estudiar racionalidad práctica en un país que considera que las cosas son como son y que nada de lo que uno pueda llegar a hacer, va modificar esa realidad. De repente uno se va comiendo el cuento. Uno comienza a preguntarse, a cuestionarse y finalmente a decepcionarse.

Ese punto (al que llegué, o tal vez temo alcanzar) es el que más importa a la hora de sopesar los motivos que me llevan a solicitar este intercambio académico.

Tal vez las motivaciones al principio mencionadas (conocer otra cultura, otro país, etc.) se suman al interés por conocer otra manera de ver la academia, especialmente esta carrera (ya de por si tan difícil de definir y de limitar). No obstante, todo ese conjunto de motivaciones se suman a la más grande e importante: el deseo de que de todos esos elementos que me pueda llegar a dar este intercambio, puedan concluir en una renovación (o al menos recarga) de las energías perdidas en esta realidad fragmentada, parcializada y absolutamente derrotista.

No espero recuperar de repente la esperanza. O llenarme de energías para cambiar el país (apelando a discursos llenos de lugares comunes, de imprecisiones… discursos que ya no deben tener lugar dentro de la academia). Es algo mucho más sutil: pienso que tal vez yo actualmente soy víctima de paradigmas ajenos y de creencias prestadas. Paradigmas y creencias que esta sociedad, con todos sus elementos, se ha encargado de meterme a la fuerza… curiosamente sin que yo me dé cuenta (como ya dije, uno no se da cuenta en qué momento se va creyendo el cuento de que las cosas son como son y no se pueden cambiar). Dado lo anterior, espero, con este intercambio, poder romper esos paradigmas. Poder cambiar yo un poquito. Ver un panorama un poco más completo. Intentar ver otra perspectiva. Una que me diga, o al menos que me insinúe, que no, que no todo está perdido.

Por los motivos anteriormente descritos, sumado a un profundo interés académico en conocer las diferentes perspectivas filosóficas del continente, agradecería muchísimo que se aprobara mi solicitud de intercambio a la carrera de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Para concluir, me permito fechar esta carta bajo el apunte de humor negro de un amigo:

Lunes 16 de agosto del año I después de Uribe (2010 de la era antigua).

Muchísimas gracias.