27 de diciembre de 2009

Vecinos

*

D.N,,
música que me hizo detener mi paso frente a la ventana.


"Con mi viejo hablamos mucho de ese tema. Él decía que si bien hay distintos tipos de música, en el fondo sólo había dos: la que servía para que todo siguiera igual, para que nada cambiara nunca, y la que intentaba transmitir algo, sentimientos, ideas, fuerza".

Roy Berocay en Pequeña Ala.


Nunca se habían hablado. Es más, me atrevería a decir que nunca se vieron frente a frente. Los únicos recuerdos que habitaban los espacios silenciosos del olvido eran siluetas vagas y oscuras. A pesar de las distancias y de la ausencia de recuerdos, la relación entre Daniel y Andrés era bastante particular. Tan particular como lo puede permitir la tristeza innata de los subbarrios en la parte noroccidental de Bogotá. Allí, en ese desagradable sitio, la ciudad se tornaba una mezcla asquerosa de realidades. Era un paisaje de edificios enfermos terminales, cada uno más gris que el anterior.

Era un típico barrio intento de burgués que ahora tanto abundan en Bogotá. No soy bueno para los nombres, pero sé que hubo alguien importante que dijo que cuando hubiera sangre en las calles, comprara propiedades. No sé si los grandes empresarios bogotanos lo sabían pero ese ejemplo lo siguieron. En menos de nada comenzaron a abundar, en los límites entre barrios de estrato alto y algunos barrios de estrato bajo de la periferia, edificios tras edificios. Eran urbanizaciones pequeñas pero con muchas torres dentro. Hacían conjuntos inmensos adyacentes, así quedaban cuadras completas de esos nuevos
minibarrios. Esas urbanizaciones eran intentos desesperados de tomar gente incauta, deseosa de poder tener algo de contacto con la vida de la crema y nata de Bogotá. Era un intento para poder alcanzar ese estilo de vida alto. Por eso, esos apartamentos eran cajitas de sardinas elevadas por el poder del concreto y el cinismo de constructores. Tres habitaciones pequeñas y un dizque estudio. Como lo dije: era un intento desesperado.

La gente que vivía allí era, en su inmensa mayoría, clase media frustrada de nunca haber podido alcanzar la
elite de Bogotá. Eran todos peones de corbata gris y horarios de oficinista. Fanáticos de los colombianos de bien y guardines de la moral. Era un barrio donde cualquier intento de individualidad juvenil era brutalmente aplastado por el peso de lo correcto y decente. Este barrio se situaba entre el súper almacén de renombre y las típicas tienditas de un barrio popular. Era el perfecto criadero de pequeñoburgueses de segunda generación. En esas cuadras nunca se desarrollaban historias. Era el punto medio entre las casitas del barrio alto y las casas de cartón

De vez en cuando había casos excepcionales de embellecimiento local. Pequeños sucesos de rebeldía cargada de sonrisas. Eran momentos bellos, cortos pero absolutamente fantásticos. Eso, ahora lo pienso en retrospectiva, era lo que más me gustaba de la posición que yo tenía dentro de ese circo. Yo lo podía ver todo, me podía enterar de todo. La noche se prestaba como el perfecto escenario para conocer cómo se comportaban las personas verdaderamente. Era el único momento para ver a las personas que se negaban a encorbatarse, a llorar en los baños y a hablar de marcas de carros. Fue en ese escenario nocturno que conocí a Andrés y a Daniel.

Mi turno siempre era en la noche. Me era preferible dado que podía pasar el tiempo con mis hijos hasta el atardecer, y cuando llegaba en la mañana los alcanzaba a ver antes de que se fueran para el colegio. Descansaba en la mañana, mi señora se iba a su trabajo y al medio día yo preparaba almuerzo para los muchachos. Mucho tiempo pensé que mi vida era dura, después me di cuenta que me vida, en esta sociedad, no solo es normal sino que es mejor que muchas otras. Justamente estar abajo de la cadena alimenticia de la economía de esta sociedad me permitió ver cómo es que en esa masa desagradable que es la
lumpenburguesía bogotana la gente era más egoísta, más triste y menos sensible.

Esa era una tierra sin padres. Las niñas de quince años se vestían como señoritas mayores, y los muchachos andaban con los pantalones en los muslos (ni yo, ni mis hijos tiempo después, supimos nunca a qué se debía eso). A las seis de la tarde de cualquier día entre jueves y sábado, sagradamente los muchachos salían a beber, fumar y a compartir penas en formas diversas. Música, fiesta, alcohol y drogas eran las visitas constantes. En medio de esa mar de uniformidades nadie se reconocía como individual, ni siquiera cercano a lo original.

Todo eso fue hasta que una noche llegó el muchacho que vivía en el séptimo piso. Después me vine a enterar que se llamaba Daniel. Llegó una noche a la madrugada, borracho, a lo mejor drogado. Se sentó en el mesón de la portería y me preguntó si tenía tinto y si le podía dar. Le brindé el café. Diciendo desvaríos se fue desvaneciendo al frente mío. Llegó un punto, como si hubiera recordado algo que tenía que hacer con urgencia, que se levantó de improviso.
-Alguien está tocando piano-, me dijo calladamente, como si fuera un secreto. Yo nada sabía de eso, para mí música era algo bailable, jamás profundicé en la idea de arte, pero a este muchacho le brillaban los ojos, se emocionaba al escuchar las teclas suaves que sonaban a esa hora de la madrugada.
-¿Qué está tocando?-, le pregunté.
-No tengo la menor idea-, me respondió, -pero eso lo tocaba mi papá cuando yo era más chino. ¿En qué apartamento hay un piano? Porque eso no es una organeta-, continuó preguntando.
-Es en el primer piso-, respondí, -hace poco se mudaron. Creo que es el muchacho el que toca. -Fabuloso-, sentenció Daniel y fue a sentarse en una banca que quedaba al frente de la sala del pianista desconocido.

Muchas noches, partiendo desde la casualidad, el azar y la suerte, esta escena se repitió. Daniel bajaba altas horas de la noche a fumar, y algunas de ellas el pianista desconocido tocaba. En esas noches Daniel se sentaba en la banca de siempre a escuchar a ese pianista que tocaba casi siempre el mismo repertorio, como si lo estuviera repasando una y otra vez. Una noche Daniel llegó después del ritual y me dijo:
-Se llama Andrés. La mamá lo llamó y le dijo que dejara de tocar, que estaba muy tarde, y lo llamó Andrés. El pianista se llama Andrés-, concluyó. El misterio, más que resolverse tomó un tinte personal. Tan personal que ya casi era una historia de al menos una vez por semana.

Ni Andrés ni Daniel resaltaban
positivamente dentro del barrio. Andrés, por un lado, no se le veía más que cuando salía al colegio. Tendría unos 16 años. Por otro lado Daniel, un poco mayor, sólo salía en las noches, y en el día no se le veía rondar por el barrio. Los dos eran bastantes odiados dentro del conjunto. Uno por hacer ruido a altas horas de la noche. El otro porque los guardianes de la moral pensaba que era aceptable que las niñas de quince años vomitaran el alma en un parqueadero a la madrugada, pero les parecía desagradable y criminal que Daniel saliera a fumar algo más que cigarrillo en las horas de la noche. Aun y cuando nadie estaba en el parque a esas horas.

En realidad más allá de los nombres y de lo que hacían en las noches nunca pude saber nada de ninguno de los dos. Andrés nunca se dejaba ver. Siempre salía música de su casa (tocada por él o puesta en equipos) y aunque con Daniel de vez en cuando yo charlaba, la conversación siempre se movía en los mismos parámetros. Era estudiante de algo de humanidades... De eso que mi generación dice que uno se muere de hambre. Siempre que hablábamos me contaba de los disturbios en su universidad, y de por qué era necesario arremeter contra el estado desde las armas de la academia, la inteligencia y la investigación. No sé a razón de qué yo lo escuchaba, pero me resultó estimulante en más de una ocasión. Si uno oía a ese muchacho por más de media hora terminaba pensando en que cambiar el mundo era algo plausible. Pobre chino... ¿Qué habrá sido de sus sueños?

**

Fue una noche en la que me tocó servir de recorredor en la que me di cuenta de qué punto de empatía habían logrado dos personas que a penas y se conocían. Daniel, sentado en la oscuridad del parque escuchando tocar a Andrés, se reía. Bastó que me acercara un poco para poder notar en el aire un fuerte olor que no era tabaco. Cuando me aproximé a Daniel, para advertirle que los vecinos podrían comenzar a molestar, me calló con la mano.
-¿Sí escucha esa pieza, cela?- Me dijo-. Esa canción no es música clásica-, siguió explicándome-, es un piano de una canción de gótico. No recuerdo la canción, pero sé que no es clásica. Imagínese esta escena, yo fumando, usted a hacer de ley y orden, y el arte, como en el mundo real, sirviendo de telón de fondo para el desarrollo de una realidad más triste y oscura. ¿Sí lo nota cela?-, prosiguió, la sala de él está iluminada, nosotros estamos sentados en la oscuridad, esperando los sonidos que salen de esa luz. Lo máximo que yo llegué a tocar en piano fue la canción que aparecía en la presentación de los comics de la Warner-.
En ese momento Andrés interrumpió la canción que tocaba hace más de tres minutos y comenzó una canción alegre y risueña.
-Esa es la canción-, me dijo Daniel con risa atragantada. Ahí me di cuenta que no sólo Daniel visitaba al pianista, sino que Andrés disfrutaba de las visitas del extraño público. Yo seguí haciendo la ronda y partí.

Era un mutuo respeto. Eran dos personas que no se conocían pero se tenían una suerte de estima. Nunca lo supe, dado que en la mañana trabajaba, pero no creo que se hayan siquiera cruzado alguna vez. Si lo hicieron dudo que hayan sabido quién era quién. Detrás de los velos de esa sala en la que Andrés tocaba, y detrás de la oscuridad de la noche en la que Daniel escuchaba quedaba el rostro intacto de quien nunca había sido visto y, hasta el día de hoy lo pienso, no quería ser visto.

Una noche Daniel llegó a la madrugada a la portería. Me saludó calladamente. Salió y se sentó en el andén que quedaba al frente a fumar allí. Cuando entró le pregunté que por qué no había ido a donde Andrés.
-Se fue-, me respondió-, se debió haber mudado en estos días. La verdad no me di cuenta, embarrada. Ahora las noches son más silenciosas, ¿no le parece cela?-
Asentí con la cabeza, me pareció que había terminado un muy bonito episodio de empatía. Fue triste. En la mañana cuando llegué a mi casa, tomé una decisión que iba a cambiar por siempre el futuro de mis hijos: le dije a mi señora que quería que tuvieran clases de música.

***

Recuerdo muy bien la última noche que vi a Daniel. Era la época de las novenas, unos meses después de que Andrés se fue a vivir quién sabe a dónde. Al principio de la noche vi a Daniel sentado detrás del parque mientras todos los residentes rezaban la novena. Aquella noche, observé los ojos de Daniel desde la distancia. En ese momento supe que él no participaba de esos rezos no como una falta de respeto, sino que en realidad pensaba lo mismo que yo de esos actos: no eran rezos, no eran fiestas religiosas. Era la oportunidad perfecta para que, oculta en benevolencia y ganas de socializar, los vecinos tasaran como vivían sus cohabitantes. Poderse echar puyas, poderse poner joyas y poder sonreír falsamente. Daniel me vio mientras yo lo observaba. Se sonrío e hizo un ademán con la mano emulando un revolver y se apuntó a la cabeza.

Pasada la media noche a mi turno le correspondía recoger la basura que los buenos samaritanos habían dejado a su paso. De hecho eso era bastante común en ese conjunto. En más de una ocasión algún compañero mío tuvo que recoger los carros del mercado (que la administración dio para facilidad de los residentes) en algún ascensor o parqueadero. La pereza no dejaba que el que lo había usado lo dejara en el puesto que lo encontró. La verdad siempre me quedé con ganas de escupirle a alguien que encontrara haciendo eso. Esa noche que nos pusieron a recoger vasitos de icopor (que eran muchos, la verdad) vi a Daniel sentado en la silla del ex apartamento del pianista. Estaba fumando, pero algo, además de la presencia del joven muchacho, llamó mi atención: la luz del apartamento estaba encendida. Se habían mudado esa tarde, y yo no me había dado cuenta.

-Entonces... ya llenaron el apartamento-, le dije a Daniel.
-Sí-, respondió él-, ¿no le parece más triste ahora, cela?
-No le sabría decir-, respondí (y es que la verdad no sabía).
-Sí, piénselo-, continuó-. Antes el apartamento estaba cargado de una magia llena de arte. Un piano postrado a la esquina de la sala. Sí, el espacio se reducía, pero imagínese todo lo que se creaba. Andrés tocó al ritmo de un pájaro, de una gota de lluvia al caer. La belleza de ese piano radicaba en todo lo que lo rodeaba. Después la sala, al igual que todo el apartamento, estaba vacía. No era triste, era melancólico. Era una nostalgia bonita, una tímida, que se atrincheraba entre las horas que recorren el día. Era una nostalgia que no quería ser vista, que se escondía detrás de las sonrisas de quien pasábamos por acá y nos preguntábamos por Andrés por usted o por mí. Ahora mire cela, mire esa habitación. Hay una mesita de té inglés sobre un tapete de imitación persa. ¿Sí ve la pared? Ahí postrado como si de hecho hiciera algo, un Jesucristo de piedra y madera que nada va a hacer por sus conciencias desalmadas. Ahí arriba del sofá un cuadrito que debió haber hecho algún pintor de esos que se paran en la esquina. ¿Acaso la ama de casa que lo compró sintió que hizo una buena acción al comprarlo? Mire, mire cela cómo termina la escena... Ahí, en un altar una biblia gigante abierta. ¿Con qué fin? Como si ser buenas personas estuviera mediado por cuántas veces leemos cosas sin sentirlas... ¿Sí ve, cela? Se murió un espíritu acá. El apartamento vacío era unos puntos suspensivos, ahora, esta casita es de cuento, de un cuento malo. Es tristemente perfecta Ahora en este apartamento vive sociedad, no personas. ¿Se ve mucho más triste, no? Como si algo se hubiera muerto.
-Omítalo entonces-, dije impestivamente-, como si se hubiera muerto. Es mejor así, ¿no? Ni siquiera se conocieron bien, ¿no?
-¿Qué es conocer, cela? Se perdió un artista, y ahora queda una casa de godos... Sinceramente prefería este apartamento vacío-.
Después de un momento de silencio Daniel apagó su cigarrillo contra el ladrillo que daba al marco de esa ventana. Me miró con unos ojos que decían
'¿Sí ve, cela? Este mundo es una mierda...'.

Al medio día de la mañana siguiente me llamaron de la empresa de seguridad en la que trabajaba. Me iban a trasladar. ¿El motivo? A la madrugada se habían metido a robar en un apartamento. Los nuevos residentes, que perdieron su juego de té inglés en su primera noche ahí, estaban indignados.

1 comentario:

  1. Ay tomás..... Maldita sea. Debo admitir que no es lo más recomendable leerlo antes de acostarse, de hecho, conociendome como me conoce sabe que voy a salir ésta misma noche a tocar mi flauta de PVC. Lo bueno es que de nuevo soñare con aquellos que no conosco y e extrañado.

    Aún me lleva mucho trecho.... tendre que mejorar. Muy chevere su cuento, su vivencia, su historia.

    Kabromos.

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