27 de diciembre de 2009

Vecinos

*

D.N,,
música que me hizo detener mi paso frente a la ventana.


"Con mi viejo hablamos mucho de ese tema. Él decía que si bien hay distintos tipos de música, en el fondo sólo había dos: la que servía para que todo siguiera igual, para que nada cambiara nunca, y la que intentaba transmitir algo, sentimientos, ideas, fuerza".

Roy Berocay en Pequeña Ala.


Nunca se habían hablado. Es más, me atrevería a decir que nunca se vieron frente a frente. Los únicos recuerdos que habitaban los espacios silenciosos del olvido eran siluetas vagas y oscuras. A pesar de las distancias y de la ausencia de recuerdos, la relación entre Daniel y Andrés era bastante particular. Tan particular como lo puede permitir la tristeza innata de los subbarrios en la parte noroccidental de Bogotá. Allí, en ese desagradable sitio, la ciudad se tornaba una mezcla asquerosa de realidades. Era un paisaje de edificios enfermos terminales, cada uno más gris que el anterior.

Era un típico barrio intento de burgués que ahora tanto abundan en Bogotá. No soy bueno para los nombres, pero sé que hubo alguien importante que dijo que cuando hubiera sangre en las calles, comprara propiedades. No sé si los grandes empresarios bogotanos lo sabían pero ese ejemplo lo siguieron. En menos de nada comenzaron a abundar, en los límites entre barrios de estrato alto y algunos barrios de estrato bajo de la periferia, edificios tras edificios. Eran urbanizaciones pequeñas pero con muchas torres dentro. Hacían conjuntos inmensos adyacentes, así quedaban cuadras completas de esos nuevos
minibarrios. Esas urbanizaciones eran intentos desesperados de tomar gente incauta, deseosa de poder tener algo de contacto con la vida de la crema y nata de Bogotá. Era un intento para poder alcanzar ese estilo de vida alto. Por eso, esos apartamentos eran cajitas de sardinas elevadas por el poder del concreto y el cinismo de constructores. Tres habitaciones pequeñas y un dizque estudio. Como lo dije: era un intento desesperado.

La gente que vivía allí era, en su inmensa mayoría, clase media frustrada de nunca haber podido alcanzar la
elite de Bogotá. Eran todos peones de corbata gris y horarios de oficinista. Fanáticos de los colombianos de bien y guardines de la moral. Era un barrio donde cualquier intento de individualidad juvenil era brutalmente aplastado por el peso de lo correcto y decente. Este barrio se situaba entre el súper almacén de renombre y las típicas tienditas de un barrio popular. Era el perfecto criadero de pequeñoburgueses de segunda generación. En esas cuadras nunca se desarrollaban historias. Era el punto medio entre las casitas del barrio alto y las casas de cartón

De vez en cuando había casos excepcionales de embellecimiento local. Pequeños sucesos de rebeldía cargada de sonrisas. Eran momentos bellos, cortos pero absolutamente fantásticos. Eso, ahora lo pienso en retrospectiva, era lo que más me gustaba de la posición que yo tenía dentro de ese circo. Yo lo podía ver todo, me podía enterar de todo. La noche se prestaba como el perfecto escenario para conocer cómo se comportaban las personas verdaderamente. Era el único momento para ver a las personas que se negaban a encorbatarse, a llorar en los baños y a hablar de marcas de carros. Fue en ese escenario nocturno que conocí a Andrés y a Daniel.

Mi turno siempre era en la noche. Me era preferible dado que podía pasar el tiempo con mis hijos hasta el atardecer, y cuando llegaba en la mañana los alcanzaba a ver antes de que se fueran para el colegio. Descansaba en la mañana, mi señora se iba a su trabajo y al medio día yo preparaba almuerzo para los muchachos. Mucho tiempo pensé que mi vida era dura, después me di cuenta que me vida, en esta sociedad, no solo es normal sino que es mejor que muchas otras. Justamente estar abajo de la cadena alimenticia de la economía de esta sociedad me permitió ver cómo es que en esa masa desagradable que es la
lumpenburguesía bogotana la gente era más egoísta, más triste y menos sensible.

Esa era una tierra sin padres. Las niñas de quince años se vestían como señoritas mayores, y los muchachos andaban con los pantalones en los muslos (ni yo, ni mis hijos tiempo después, supimos nunca a qué se debía eso). A las seis de la tarde de cualquier día entre jueves y sábado, sagradamente los muchachos salían a beber, fumar y a compartir penas en formas diversas. Música, fiesta, alcohol y drogas eran las visitas constantes. En medio de esa mar de uniformidades nadie se reconocía como individual, ni siquiera cercano a lo original.

Todo eso fue hasta que una noche llegó el muchacho que vivía en el séptimo piso. Después me vine a enterar que se llamaba Daniel. Llegó una noche a la madrugada, borracho, a lo mejor drogado. Se sentó en el mesón de la portería y me preguntó si tenía tinto y si le podía dar. Le brindé el café. Diciendo desvaríos se fue desvaneciendo al frente mío. Llegó un punto, como si hubiera recordado algo que tenía que hacer con urgencia, que se levantó de improviso.
-Alguien está tocando piano-, me dijo calladamente, como si fuera un secreto. Yo nada sabía de eso, para mí música era algo bailable, jamás profundicé en la idea de arte, pero a este muchacho le brillaban los ojos, se emocionaba al escuchar las teclas suaves que sonaban a esa hora de la madrugada.
-¿Qué está tocando?-, le pregunté.
-No tengo la menor idea-, me respondió, -pero eso lo tocaba mi papá cuando yo era más chino. ¿En qué apartamento hay un piano? Porque eso no es una organeta-, continuó preguntando.
-Es en el primer piso-, respondí, -hace poco se mudaron. Creo que es el muchacho el que toca. -Fabuloso-, sentenció Daniel y fue a sentarse en una banca que quedaba al frente de la sala del pianista desconocido.

Muchas noches, partiendo desde la casualidad, el azar y la suerte, esta escena se repitió. Daniel bajaba altas horas de la noche a fumar, y algunas de ellas el pianista desconocido tocaba. En esas noches Daniel se sentaba en la banca de siempre a escuchar a ese pianista que tocaba casi siempre el mismo repertorio, como si lo estuviera repasando una y otra vez. Una noche Daniel llegó después del ritual y me dijo:
-Se llama Andrés. La mamá lo llamó y le dijo que dejara de tocar, que estaba muy tarde, y lo llamó Andrés. El pianista se llama Andrés-, concluyó. El misterio, más que resolverse tomó un tinte personal. Tan personal que ya casi era una historia de al menos una vez por semana.

Ni Andrés ni Daniel resaltaban
positivamente dentro del barrio. Andrés, por un lado, no se le veía más que cuando salía al colegio. Tendría unos 16 años. Por otro lado Daniel, un poco mayor, sólo salía en las noches, y en el día no se le veía rondar por el barrio. Los dos eran bastantes odiados dentro del conjunto. Uno por hacer ruido a altas horas de la noche. El otro porque los guardianes de la moral pensaba que era aceptable que las niñas de quince años vomitaran el alma en un parqueadero a la madrugada, pero les parecía desagradable y criminal que Daniel saliera a fumar algo más que cigarrillo en las horas de la noche. Aun y cuando nadie estaba en el parque a esas horas.

En realidad más allá de los nombres y de lo que hacían en las noches nunca pude saber nada de ninguno de los dos. Andrés nunca se dejaba ver. Siempre salía música de su casa (tocada por él o puesta en equipos) y aunque con Daniel de vez en cuando yo charlaba, la conversación siempre se movía en los mismos parámetros. Era estudiante de algo de humanidades... De eso que mi generación dice que uno se muere de hambre. Siempre que hablábamos me contaba de los disturbios en su universidad, y de por qué era necesario arremeter contra el estado desde las armas de la academia, la inteligencia y la investigación. No sé a razón de qué yo lo escuchaba, pero me resultó estimulante en más de una ocasión. Si uno oía a ese muchacho por más de media hora terminaba pensando en que cambiar el mundo era algo plausible. Pobre chino... ¿Qué habrá sido de sus sueños?

**

Fue una noche en la que me tocó servir de recorredor en la que me di cuenta de qué punto de empatía habían logrado dos personas que a penas y se conocían. Daniel, sentado en la oscuridad del parque escuchando tocar a Andrés, se reía. Bastó que me acercara un poco para poder notar en el aire un fuerte olor que no era tabaco. Cuando me aproximé a Daniel, para advertirle que los vecinos podrían comenzar a molestar, me calló con la mano.
-¿Sí escucha esa pieza, cela?- Me dijo-. Esa canción no es música clásica-, siguió explicándome-, es un piano de una canción de gótico. No recuerdo la canción, pero sé que no es clásica. Imagínese esta escena, yo fumando, usted a hacer de ley y orden, y el arte, como en el mundo real, sirviendo de telón de fondo para el desarrollo de una realidad más triste y oscura. ¿Sí lo nota cela?-, prosiguió, la sala de él está iluminada, nosotros estamos sentados en la oscuridad, esperando los sonidos que salen de esa luz. Lo máximo que yo llegué a tocar en piano fue la canción que aparecía en la presentación de los comics de la Warner-.
En ese momento Andrés interrumpió la canción que tocaba hace más de tres minutos y comenzó una canción alegre y risueña.
-Esa es la canción-, me dijo Daniel con risa atragantada. Ahí me di cuenta que no sólo Daniel visitaba al pianista, sino que Andrés disfrutaba de las visitas del extraño público. Yo seguí haciendo la ronda y partí.

Era un mutuo respeto. Eran dos personas que no se conocían pero se tenían una suerte de estima. Nunca lo supe, dado que en la mañana trabajaba, pero no creo que se hayan siquiera cruzado alguna vez. Si lo hicieron dudo que hayan sabido quién era quién. Detrás de los velos de esa sala en la que Andrés tocaba, y detrás de la oscuridad de la noche en la que Daniel escuchaba quedaba el rostro intacto de quien nunca había sido visto y, hasta el día de hoy lo pienso, no quería ser visto.

Una noche Daniel llegó a la madrugada a la portería. Me saludó calladamente. Salió y se sentó en el andén que quedaba al frente a fumar allí. Cuando entró le pregunté que por qué no había ido a donde Andrés.
-Se fue-, me respondió-, se debió haber mudado en estos días. La verdad no me di cuenta, embarrada. Ahora las noches son más silenciosas, ¿no le parece cela?-
Asentí con la cabeza, me pareció que había terminado un muy bonito episodio de empatía. Fue triste. En la mañana cuando llegué a mi casa, tomé una decisión que iba a cambiar por siempre el futuro de mis hijos: le dije a mi señora que quería que tuvieran clases de música.

***

Recuerdo muy bien la última noche que vi a Daniel. Era la época de las novenas, unos meses después de que Andrés se fue a vivir quién sabe a dónde. Al principio de la noche vi a Daniel sentado detrás del parque mientras todos los residentes rezaban la novena. Aquella noche, observé los ojos de Daniel desde la distancia. En ese momento supe que él no participaba de esos rezos no como una falta de respeto, sino que en realidad pensaba lo mismo que yo de esos actos: no eran rezos, no eran fiestas religiosas. Era la oportunidad perfecta para que, oculta en benevolencia y ganas de socializar, los vecinos tasaran como vivían sus cohabitantes. Poderse echar puyas, poderse poner joyas y poder sonreír falsamente. Daniel me vio mientras yo lo observaba. Se sonrío e hizo un ademán con la mano emulando un revolver y se apuntó a la cabeza.

Pasada la media noche a mi turno le correspondía recoger la basura que los buenos samaritanos habían dejado a su paso. De hecho eso era bastante común en ese conjunto. En más de una ocasión algún compañero mío tuvo que recoger los carros del mercado (que la administración dio para facilidad de los residentes) en algún ascensor o parqueadero. La pereza no dejaba que el que lo había usado lo dejara en el puesto que lo encontró. La verdad siempre me quedé con ganas de escupirle a alguien que encontrara haciendo eso. Esa noche que nos pusieron a recoger vasitos de icopor (que eran muchos, la verdad) vi a Daniel sentado en la silla del ex apartamento del pianista. Estaba fumando, pero algo, además de la presencia del joven muchacho, llamó mi atención: la luz del apartamento estaba encendida. Se habían mudado esa tarde, y yo no me había dado cuenta.

-Entonces... ya llenaron el apartamento-, le dije a Daniel.
-Sí-, respondió él-, ¿no le parece más triste ahora, cela?
-No le sabría decir-, respondí (y es que la verdad no sabía).
-Sí, piénselo-, continuó-. Antes el apartamento estaba cargado de una magia llena de arte. Un piano postrado a la esquina de la sala. Sí, el espacio se reducía, pero imagínese todo lo que se creaba. Andrés tocó al ritmo de un pájaro, de una gota de lluvia al caer. La belleza de ese piano radicaba en todo lo que lo rodeaba. Después la sala, al igual que todo el apartamento, estaba vacía. No era triste, era melancólico. Era una nostalgia bonita, una tímida, que se atrincheraba entre las horas que recorren el día. Era una nostalgia que no quería ser vista, que se escondía detrás de las sonrisas de quien pasábamos por acá y nos preguntábamos por Andrés por usted o por mí. Ahora mire cela, mire esa habitación. Hay una mesita de té inglés sobre un tapete de imitación persa. ¿Sí ve la pared? Ahí postrado como si de hecho hiciera algo, un Jesucristo de piedra y madera que nada va a hacer por sus conciencias desalmadas. Ahí arriba del sofá un cuadrito que debió haber hecho algún pintor de esos que se paran en la esquina. ¿Acaso la ama de casa que lo compró sintió que hizo una buena acción al comprarlo? Mire, mire cela cómo termina la escena... Ahí, en un altar una biblia gigante abierta. ¿Con qué fin? Como si ser buenas personas estuviera mediado por cuántas veces leemos cosas sin sentirlas... ¿Sí ve, cela? Se murió un espíritu acá. El apartamento vacío era unos puntos suspensivos, ahora, esta casita es de cuento, de un cuento malo. Es tristemente perfecta Ahora en este apartamento vive sociedad, no personas. ¿Se ve mucho más triste, no? Como si algo se hubiera muerto.
-Omítalo entonces-, dije impestivamente-, como si se hubiera muerto. Es mejor así, ¿no? Ni siquiera se conocieron bien, ¿no?
-¿Qué es conocer, cela? Se perdió un artista, y ahora queda una casa de godos... Sinceramente prefería este apartamento vacío-.
Después de un momento de silencio Daniel apagó su cigarrillo contra el ladrillo que daba al marco de esa ventana. Me miró con unos ojos que decían
'¿Sí ve, cela? Este mundo es una mierda...'.

Al medio día de la mañana siguiente me llamaron de la empresa de seguridad en la que trabajaba. Me iban a trasladar. ¿El motivo? A la madrugada se habían metido a robar en un apartamento. Los nuevos residentes, que perdieron su juego de té inglés en su primera noche ahí, estaban indignados.

25 de diciembre de 2009

Crítica a la Doble Moral

"La moral es más peligrosa que el SIDA" (Grafiti hecho en Montevideo).

Yo soy malo porque fumo.
Yo soy malo porque bebo.
Yo soy malo porque las letras son mi camino.
Yo soy malo porque la poesia es mi sangre y alegría.
Yo soy malo porque mi Dios no me obliga a arrodillarme sino me pide hablarle.
Yo soy malo porque mambeo algo más que caramelo.
Yo soy malo porque fumo al indio y no a un vaquero.
Yo soy malo porque fumo lo que le gusta al indígena y no lo que enriquece al capitalista.
Yo soy malo porque a nadie hago promesas de amor eterno, sino que a todas, desde un principio, les soy sincero.
Yo soy malo porque soy tan correcto que lo soy incluso en lo incorrecto.
Yo soy malo porque la honestidad en un mundo así es un error.
Yo soy malo porque ser uno en este mundo es pecado.

Y aquel, aquel que me juzga...

Se cree bueno aun y cuando su cuerpo es templo profanado.
Se cree bueno pero es el que llega y hace de su mujer un costal de boxeo.
Se cree bueno pero su quincena alcanza para un par de botellas.
Se cree bueno pero hace de su doble moral, su única realidad.
Se cree bueno pero borracho confiesa su inocuidad.
Se cree buena pero con todo el mundo se acuesta, jurando amor que en la mañana va a acabar.
Se cree buena pero ni siquiera por sus traiciones pide doce monedas de plata.
Se cree buena pero todas las noches se emborracha.
Se cree buena y no es más que una chica plástica.
Se cree buena pero se baja la falda al llegar a casa, se quita el maquillaje para visitar a la tia, y no dice groserias al frente de la abuela, para que ésta siga siendo fuente de buena economía.
Se cree buena pero es tan falsa como la de democracia en Colombia.
Se cree bueno y en la mañana se pone en dos para orar, y en la noche pone en cuatro a sus víctimas para poderlas violentar.
Se cree bueno pero a su hija volvió una Electra confesada.
Se cree bueno y nada de su verdad confesará.
Se cree buena y cree que esta verdad nunca le atañará.
¡Qué equivocados están!

Y aun así...
No dejan de juzgar.

Ilustración por Bansky.

15 de mayo de 2009

17 de diciembre de 2009

Carta al Niño Dios

Columna publicada en el portal Blog. Para ver dicha entrada, haga clic acá.

Querido niño Dios,

aunque mucho te piden, yo quisiera que tuvieras la misma prioridad para mis pedidos, que el gobierno tuvo para los subsidios de AIS de los amigos del referendo. Es que seamos sinceros, niño Dios, si el cielo es algo parecido a esta patria, a uno lo escuchan solo si tiene amigos en las altas esferas.
Quisiera, no obstante, abusando de tu benignísima opulencia, las siguientes cosas:
1. Un mejor presidente. La verdad el actual ya deja mucho que desear. Sí, ya se puede viajar a Melgar, pero creo que los mal llamados falsos positivos son un costo muy alto por la bronceada.
2. Un sistema de coladores y diques en los ríos que me atraviesan. Sería bueno separar tanto hueso humano de espina de pescado. Cortesía de Mancuso, Jorge 40 y los demás amigos que me intentaron refundar.
3. Logos de colores o en su defecto logos holográficos distintivos. Es que entre tanto verde camuflado no se distingue nada entre los héroes de la patria que tienen por tipo de sangre falso positivo, los colombianos de bien que hacen certeros golpes a los insurgentes (signifique eso lo que signifique), y los marxistas trasnochados que creen que dañando inocentes van a hacer revolución.
4. Un cigarrillo de marihuana para el excelentísimo señor presidente de la república, doctor Álvaro Uribe Vélez para que se dé cuenta que no, eso no mata ni hace adicto si se hace con responsabilidad.
5. Un programa de rehabilitación para el excelentísimo señor presidente de la república, doctor Álvaro Uribe Vélez, dado que él es adicto ya (al poder), es muy plausible que se nos haga adicto a algo tan simple como la marihuana.
6. Un poco de verguenza, dado que este pueblo de eso ya no tiene. Nombra guerrilleros de gestores de paz, tiene un Ralito de marmol en el Capitolio, y el estilo de vida de traqueto es aceptable.
7. Un pedido para otra persona, niñito Dios: Dale a Chávez más prudencia y el don del silencio, que gracias a él, Uribe todavía se nos monta en las encuestas de esta herida nación.

8.
Un noticiero que no tenga -de las dos horas de duración- una hora y veinte para entretenimiento, 30 minutos para deporte, y diez minutos para noticias reales.

9. La posibilidad de hacer viviendas en el mar. Dado que la mitad de mi territorio se la dan a la palma africana, ya no tengo dónde hospedar a los migrantes internos (en palabras de José Obdulio Gaviria).

Y ante todo, querido niño Dios, apiádate de este pueblo netamente católico y no te aproveches de su estupidez, recuerda que Dios iluminó a los colombianos ofreciéndonos tres virtudes, pero sólo podemos tener dos. Por eso finalmente te pido:

10. Algo de inteligencia para los que me pueblan. Algo de sinceridad, de honradez y de sentido de común para hacer del 2010 un año en que no se derrame tanta sangre.

Att,
tu más grande admirador: Colombia, la patria del sagrado corazón, la papa y la motosierra.
(Papá Noel es una lámpara al lado tuyo).

10 de diciembre de 2009

Día Internacional de los Derechos Humanos/El Chiste del Día en Colombia

Nota publicada en el portal Blog de publicaciones Semana. Para ver ese enlace, haga clic acá.

"No es tarea fácil educar jóvenes. Adiestrarlos, en cambio, es muy sencillo"

Rabindranath Tagore.

Para conmemorar la Declaración Universal de los Derechos Humanos (firmada en 1948), la ONU en 1950 declaró el 10 de diciembre como el Día Internacional de los Derechos Humanos. Cabría hacer una reflexión frente a este día teniendo como referente, entre otras cosas, el hecho de que ayer el gobierno finalmente se dio el contentillo de prohibir el porte de la dosis mínima.

Los Derechos Humanos se oficializaron para no permitir que un suceso como el genocidio de la segunda guerra mundial ocurriera de nuevo. El documento, si bien no tiene ningún peso jurídico, busca resguardar las libertades de los pueblos y de los individuos a lo largo y ancho del planeta. La libertad, la igualdad y las políticas de no discriminación, son los puntos centrales en la Declaración.

Parece que el universo tuviera sentido del humor. Pinochet, una de las personas que más violó derechos humanos (en la dictadura chilena), se murió un 10 de diciembre. Por otro lado, justo un día antes de la celebración, la dosis personal fue finalmente ilegalizada. ¿Cómo podemos hablar de un estado social de derecho, de libertades y de sujetos autónomos, cuando estamos entrando en un punto donde el estado se mete en la vida de las personas y regula cómo las debe vivir?

Es que la lucha por la dosis mínima no era una lucha para poder trabarse en un parque. La lucha por la dosis mínima es la lucha por el ejercicio de las libertades individuales, de la libertad de conciencia y del libre desarrollo de la personalidad. Todo consagrado en la Declaración Universal, todo consagrado en nuestra maltrecha constitución. Pero nada de eso se da. Al menos todavía tenemos una esperanza: queda el recurso de la Corte Constitucional. Ellos todavía tienen que legitimar lo que el legislativo aprobó. Queda la esperanza de que la Corte Constitucional no se arrodille y permita el ejercicio de las libertades individuales.
Así celebramos el Día Internacional de los Derechos Humanos en Colombia: coartándolos a más no poder. De nada sirve que hablemos de democracia, de autonomía y de derechos, cuando están siendo cada vez más reducidos por políticas que ocultan intereses morales y religiosos. En Colombia no celebramos este día porque disfrutamos los Derechos Humanos a cabalidad, lo celebramos porque tenemos la esperanza de que alguna vez un cambio político nos los brinde.

Pero aun así mantenemos ese optimismo de patriotas idiotas. Pensamos que al prohibir el porte de la dosis vamos a arreglar el país y que la juventud no se va a corromper. No se engañen, moralistas, a la juventud le hace daño cosas más graves que un cigarrillo de marihuana. El moralismo reina en estos días. Volvemos a la época que abstenerse es la única forma de tener una sexualidad sana, mientras tanto nos hacemos de la vista gorda ante cualquier tipo de política progresista.
Un ejemplo de eso es cómo esta semana monseñor Ordoñez, procurador de la nación, dijo que la píldora del día después era abortiva (ante la propuesta de Rafael Pardo de darla a niñas menores de edad) y ordenó sacar una serie de pastillas del mercado.

Mientras tanto, socialmente seguirá estando mal que yo salga a fumarme un porro en la noche. Estará mal que tome una decisión personal, racional y madura. Estará mal que las niñas, intentando salvaguardar su vida, y haciendo legítimo uso del derecho sobre su propio cuerpo, compren una píldora del día después, serán pecadoras, asesinas y demás.

Hoy se celebra el día Internacional de los Derechos Humanos. Yo, desde la intimidad en la que escribo esto, celebro el hecho de que, por el momento, publicar una columna no es punible.

Cuña: En este video se explica muy bien en qué consiste el nuevo panorama político que la prohibición impuso. Seguimos con Dosis de Personalidad intentando revertir la medida.

4 de diciembre de 2009

Nicolás Castro - Un Nuevo Falso Positivo Judicial


Esta entrada fue publicada en el portal Blog. Para ver dicha entrada, haga clic acá.

El FBI estuvo involucrado en una operación en Colombia. No, no iban por un narcotraficante, tampoco iban por un jefe paramilitar o guerrillero. Tampoco lo trajeron para investigar la corrupción estatal. La última entrada del FBI en Colombia fue para hacerle seguimiento y capturar a Nicolás Castro, estudiante de Bellas Artes de la Tadeo acusado de 'instigación para delinquir agravada en calidad de autor' enfrentando una pena de entre 6 y 15 años. La acusación se da porque Nicolás Castro creó, en julio de este año, un grupo en Facebook llamado "Me comprometo a matar a Jerónimo Uribe, hijo de Álvaro Uribe". Si bien el grupo no estuvo en la red más de quince minutos, eso fue suficiente para que los aparatos estatales de inteligencia iniciaran una frenética investigación. Dicha investigación terminó el miércoles cuando arrestaron a Nicolás Castro en Chía. Para levantar los cargos la Fiscalía se ha agarrado de la tesis de que algunos de los que se hicieron miembros del grupo (reitero que el grupo sólo duró 15 minutos en la red) eran integrantes de las FARC.

Considero que Nicolás Castro se fue de
-->lengüilargo y se le olvidó el país en el que estamos viviendo. Este es un país donde la policía se va a desaparecer periodistas, donde el ejército hace falsos positivos, donde matan estudiantes, es un país en el que un profesor puede ser arrestado por no está de acuerdo con el gobierno. En un país así, donde la libertad de opinión, de expresión y de desarrollo son meras ilusiones uno ni de vainas dice que va a matar al hijo del presidente.

Difiero de las opiniones que dicen que a Nicolás Castro hay que judicializarlo, es más, me hice miembro de un grupo que exige su inmediata liberación. Me parece que es una exageración. No considero que Nicolás Castro haya sido parte de un plan criminal, simplemente fue una persona que le dio por hacer públicas sus opiniones personales. De ahí a que se pueda decir que él tenía planeado asesinar al hijo de Uribe, hay mucho trecho. Es más, si tomáramos en serio cada amenaza que se da en la red, ¿dónde están los procesos contra los que han creado grupos de odio (que hasta dicen que quieren buscar sicarios) en contra de los senadores Petro, Robledo, Córdoba? ¿O es que al ser de oposición no importa si corren peligro?

Pero no creo eso. El hecho de que los hijos de Uribe hayan salido a decir que esperaban que Nicolás resolviera sus problemas con la ley y volviera a sus estudios me hace pensar que en realidad la guerra es mediática. Si los hijos de Uribe pensaran por un momento que verdaderamente corrían riesgo, no darían una declaración de prensa diciendo que no guardan rencor y deseando que todo llegue a feliz término. Entonces tenemos dos incógnitas: (i) ¿Si la amenaza era tan seria, e inclusive tenía apoyo de las FARC, por qué los hijos de Uribe dijeron que no tenían rencor hacia Nicolás y que deseaban que resolviera sus asuntos con la justicia y que pudiera volver a estudiar? y (ii) ¿Si hay amenazas (a través de grupos con más miembros y que siguen activos) en Facebook a otras figuras de la política nacional (de oposición) por qué no se toman las mismas medidas, o acaso no tienen la misma importancia? Esas dos interrogantes me hacen pensar en una nueva opción: Un nuevo falso positivo judicial.

El conflicto acá es mediático. El hecho de que involucren a un estudiante universitario con una célula de las FARC (de ahí se sostiene todo el caso) es una forma de mandar un mensaje a la gran masa desinformada colombiana: 'Vean que no es mentira, los estudiantes sí tienen nexos con las FARC, sí tienen nexos con los terroristas'. Las personas usualmente no profundizan en una noticia, simplemente en el titular. En ese sentido, así el juez lo declare inocente, Nicolás Castro inició su proceso ya siendo culpable ante el ojo de la opinión pública, lo bueno es que no todos somos así.

En Twitter y en Facebook la gente se ha expresado, ha exigido su libertad. No todos comemos entero, y no todos creemos ciegamente en los medios de comunicación. Considero un sinsentido que a un estudiante por crear un grupo de Facebook lo metan quince años a la cárcel, y a un paraco que mató a 2000 personas, lo metan 7 años. Esas son las prioridades de la justicia colombiana actual.
No podemos permitir otro falso positivo judicial. Por más imprudente que haya sido Nicolás Castro, su conducta no se puede enmarcar en un plano criminal.
*Imagen tomada de ese enlace del portal Uribestiario.