8 de noviembre de 2009

En El Ombligo de Bogotá (Reprise)

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De la misma forma que uno en el Centro de Bogotá puede tener muy buenas experiencias, también puede uno meterse en la boca del lobo sin saber cómo reaccionar o qué hacer.

Por razones que no vale la pena mencionar aquí, me llegó el dato de que un grupo de personas en particular iba a ir al centro a rumbear. Ese dato me abrió las puertas a una reflexión. Es que si digo la verdad, no me imagino a esas personas en el centro. No, al menos, en ese lugar específico, en esa cuadra tan ruda, tan cruda... Muchas veces tan triste. ¿Por qué digo lo anterior? Siempre he pensado que el centro es el sitio más peligroso de Bogotá. Con peligroso no me refiero a que a uno lo puedan atracar o que a uno lo puedan matar -a uno le puede pasar eso en cualquier lado, es más, como dice la undécima letra, uno se puede desnucar con una almohada. No, con peligroso me refiero a una cuestión del alma, de la inocencia, propiamente dicho. Lo que uno ve en el centro no lo ve en muchos lugares de Bogotá.

La L, la calle del Bronx, los burdeles (uno que recientemente conocí, hace poco se volvió tristemente famoso por sacar a un cliente con las patas pa'delante), la prostitución, la drogadicción, la delgada línea que separa a un verdadero bohemio, un académico y un humanista real de un poeta de parque, la confusión que se da al considerar que cualquier vendedor de manillas es un alternativo digno de reconocimiento (no, muchos de ellos son simplemente drogadictos). Todo eso está en el centro de Bogotá, todo eso confunde a quien no lo sabe manejar. Una cosa es el Centro de las esmeraldas, el de los museos, el de la Policía de Turismo buscando gringos con propinas que se confunden con sobornos. Una cosa es el centro de caminar con la novia en noches de tertulia con vino caliente... Otra cosa es ese centro que antes describo.

Yo sigo aferrado a la tesis de que cualquier tipo de experiencia no solo no es buena, sino que es dañina cuando no se tiene el carácter para poder saber vivirla. Me lo confirmo cuando recuerdo muchas de las cosas que he vivido. Podría nombrar (pero no lo voy a hacer por respeto, no vaya ser que alguien que lea esto las conozca) a muchas personas, particularmente mujeres, que se han perdido en esa falsa bohemia del Centro. Ir a una olla no lo crece a uno. De la misma forma que al conocer a una persona de la nada, uno puede pasarla muy bueno, también se puede prestar para una circunstancia que a uno le afecte la vida de una manera negativa. El poder de manejar eso lo da el carácter, nada más que eso. Un carácter no formado es un talón de Aquiles frente a la vida.

De la misma forma que la 93 o la T no son para todo el mundo, el centro, con su vida y sus pequeños huecos, tampoco lo es. El que fuma marihuana no tiene autoridad moral para decir que el resto de personas son cuadrados, muchos son chirretes y viciosos de parque (y lo dice alguien que es defensor de la legalizacón absoluta, no sólo de la dosis). Yo acá no pretendo hacer juicios a nadie, pero sí digo, y en esto soy firme, que el centro esconde mucho vagabundo, camuflado de alternativo, de bohemio o de humanista. Hace algún tiempo me cansé de ir a donde doña Ceci o a donde doña Marielita. Me cansé porque llegó un punto en que me hastiaba entrar. Uno entraba y sólo se encontraba niñitas de colegio femenino con ganas pecar los viernes por la noche. Borrachitas a la cuarta cerveza, comenzaban a querer a todo el mundo. Me cansé de las primiparadas con los vicios, con las experiencias, con el sexo... En fin, me cansé de la falsa decadencia, de la decadencia triste, lastimera, patética.

Es que hay que pensarlo fríamente, una persona que no conoce eso, y le muestran un falso mundo de bohemia, de drogas y de tertulia, fácilmente se puede creer ese cuento. Se va a creer el asunto de que es especial, de que es bohemia porque escucha Pink Floyd, y que sus amigos, los que le mostraron ese mundo, son cultos y todos unos literatos porque pueden recitar el primer verso del poema número 15 de 'Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada'. Eso no significa nada. Eso a uno no lo hace especial. Reitero, para que no digan que acá estoy juzgando, que me la paso en el centro, por eso hago este análisis. También resalto mi amor a la poesía y a las noches de tertulia. Me niego a pensar que las personas, en aras de considerarse maduras u osadas, que aun nada tienen que hacer en el centro, se vayan allá a buscar quién sabe qué. No soy moralista, simplemente sé qué pasa en un momento de descuido. Se van y no vuelve más. Al menos no siendo las mismas (esas personas).

No vuelvo a ser cómplice de eso. Primero que salgan de la cuna después miren a ver si se ponen a buscar tumba prematura.

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