29 de noviembre de 2009

Una Crónica de la Ciudad II

El quiere una cama, grande y cómoda.
Ella quiere un televisor con el cual olvidarse de lo que la incomoda.
El pasa por una vitrina y ve una chaqueta que le gustaría,
ella lo acompaña y se enamora de una mesa redonda.
El avanza por un mercado de frutas y se anotoja de uvas,
ella lo mira y con los ojos se las niega.

Al final, se alejan de la ciudad,
ven a Bogotá como una lucecita que no para de brillar.

Los dos lo saben,
solo quieren una casa con paredes de concreto.
(Porque los adornos navideños no combinan con el gris del latón).

Anotaciones de un Diario Chirri, Pt. I

Querido diario,En mi entierro habrá lista de invitados. Quien no esté incluído no podrá entrar a tan magnífico evento. En la entrada se pondra un sellito en la mano para que reciba una copa de vino. Cada dos horas habrá una nueva ronda.
En vez de coronas de flores (si no tuve vivo, menos muerto) a cada invitado se le pedirá llevar una flor de un color determinado. Rojas las viejas amantes, blancas las amigas y amigos que acompañaron, amarillas la familia. En vez de rezar, que se lea mi poesía favorita.
Que me entierren pero no con tierra. Que sean aplausos y algarabía. Yo quiero que me quemen. Que al final mis cenizas las mezclen con un perico (del más puro) y se lo huelan mis amigos más íntimos.

21 de noviembre de 2009

'Vaya y chúpese un limón y no me joda' - En Apoyo a la Dosis Personal

También publicado en el portal Blog de publicaciones Semana. Para ver el enlace, haga clic acá.

Está sonando mucho, nuevamente, el proyecto uribista que busca prohibir la dosis personal. ¿Qué es la dosis personal? Es la cantidad máxima (en peso) que una persona puede cargar de algún tipo de droga sin que sea ilegal. Para poner un ejemplo, la dosis mínima para el perico es 1gr, para la marihuana regular es 20grs y para la marihuana tipo hachís es de 5grs. Si a uno lo coge la policía con esas cantidades, no lo pueden arrestar. Más allá de esa dosis, sí puede haber consecuencias legales.


Más que abordar el problema desde una visión jurídica, sería bueno verlo desde una visión humana. Con esta columna reitero lo que he dicho anteriormente: soy consumidor de marihuana. Tengo la costumbre de llegar al apartamento en la noche, dejar las cosas, finiquitar uno que otro asunto y antes de acostarme, bajar a fumarme un cigarrillo de marihuana. Ha habido variaciones en esta costumbre, ahora prefiero usar un par de veces una pipa y a dormir. Ni siquiera es un porro completo y tampoco es un plan de todas las noches. Mis padres lo saben, no hay secretos. De hecho lo que me empujó a hacer esta columna fue que hace dos noches subí al apartamento, después de fumar, y mi mamá me vio la cara, hablamos un rato y después me dijo con risa 'vaya y chúpese un limón y no me joda'.

Considero como drogas al alcohol y al cigarrillo. Producen dependencia, muertos y más violencia que cualquier tipo de marihuana o alguna otra droga (excepto en lo que refiere al narcotráfico). Pienso que esas drogas son sociales por los intereses económicos que se mueven detrás de esas industrias. Por eso la gente no ve mal que niñas y niños de 15 o 16 años consuman alcohol, pero ve con espanto que una persona adulta, en pleno uso de su razón decida fumarse un porrito de cuando en cuando. Acepto las objeciones que ante esto se pueden levantar: que se puede volver un vicio, que se puede salir de control, que el consumo se puede dar en edades muy tempranas. Todo eso lo concedo, pero creo, sinceramente, que la prevención de todas esas situaciones responde a cuestiones de educación, pedagogía y políticas de salud pública.

Mis papás saben que yo consumo. De un secreto que me dejaba un mal sabor de boca, pasé a compartir esos aspectos de mi vida con mi cariños más cercanos. De cualquier intento de paranoia, llegó el punto en que mi mamá me hace chistes de cuando fumo, y mi hermano no tiene ningún problema en verme desmoñar lo que compro (como pasó esta mañana). Más allá de lo que los medios bombardeen, más allá de la presión social, el consumo de drogas tiene que ser una decisión personal como cualquier otra. Pienso que con educación, con políticas claras y con pedagogía se puede llegar a generar conciencia en las personas de tal manera que las cosas no se salgan de control. Sé bien que casos de adictos y de personas que se salieron de control hay en abundancia, yo mismo conozco muchos. Creo que de la misma forma que el alcohol y el cigarrillo no son para todo el mundo, las drogas tampoco lo son. Pienso que lo que a uno lo tiene que llevar a consumir una determinada substancia debe ser una decisión responsable y madura. La educación en casa, la anulación de prejuicios y campañas de salud pública pueden hacer más fácil el camino a una sociedad más tolerante e inclusiva.

Ya el mundo entero está reconociendo que las políticas prohibicionistas han sido un fracaso. No sólo hacen del consumidor blanco de críticas y prejuicios, sino que también generan más violencia y situaciones de caos. El narcotráfico colombiano es un muy buen ejemplo de eso. No creo que la prohibición dé buenos resultados en una sociedad como la nuestra. Tampoco la opción que planteamos los antiprohibicionistas es el desenfreno, el caos... No, eso es una caricatura que hacen de nosotros las personas que están cargadas de dogmas y de falsos moralismos. Lo que nosotros planteamos es un respeto a las libertades individuales, a los derechos individuales y a la autonomía. ¿Al fin y al cabo cuál tipo de sujeto quiere esta sociedad? ¿Uno que no haga porque está prohibido o uno que diga 'no' por ser una decisión personal, responsable y libre?

De la misma forma que en marzo de este año apoyé la concentración de 'Porte su Dosis de Personalidad', ahora también me hago parte de la convocatoria a la que invitan en este video.

Porque no soy un enfermo, y no le hago daño a nadie: déjenme sano, la prohibición no es la respuesta.

8 de noviembre de 2009

En El Ombligo de Bogotá (Reprise)

Publicado también en el portal Blog. Para ver ese enlace, haga clic acá.

De la misma forma que uno en el Centro de Bogotá puede tener muy buenas experiencias, también puede uno meterse en la boca del lobo sin saber cómo reaccionar o qué hacer.

Por razones que no vale la pena mencionar aquí, me llegó el dato de que un grupo de personas en particular iba a ir al centro a rumbear. Ese dato me abrió las puertas a una reflexión. Es que si digo la verdad, no me imagino a esas personas en el centro. No, al menos, en ese lugar específico, en esa cuadra tan ruda, tan cruda... Muchas veces tan triste. ¿Por qué digo lo anterior? Siempre he pensado que el centro es el sitio más peligroso de Bogotá. Con peligroso no me refiero a que a uno lo puedan atracar o que a uno lo puedan matar -a uno le puede pasar eso en cualquier lado, es más, como dice la undécima letra, uno se puede desnucar con una almohada. No, con peligroso me refiero a una cuestión del alma, de la inocencia, propiamente dicho. Lo que uno ve en el centro no lo ve en muchos lugares de Bogotá.

La L, la calle del Bronx, los burdeles (uno que recientemente conocí, hace poco se volvió tristemente famoso por sacar a un cliente con las patas pa'delante), la prostitución, la drogadicción, la delgada línea que separa a un verdadero bohemio, un académico y un humanista real de un poeta de parque, la confusión que se da al considerar que cualquier vendedor de manillas es un alternativo digno de reconocimiento (no, muchos de ellos son simplemente drogadictos). Todo eso está en el centro de Bogotá, todo eso confunde a quien no lo sabe manejar. Una cosa es el Centro de las esmeraldas, el de los museos, el de la Policía de Turismo buscando gringos con propinas que se confunden con sobornos. Una cosa es el centro de caminar con la novia en noches de tertulia con vino caliente... Otra cosa es ese centro que antes describo.

Yo sigo aferrado a la tesis de que cualquier tipo de experiencia no solo no es buena, sino que es dañina cuando no se tiene el carácter para poder saber vivirla. Me lo confirmo cuando recuerdo muchas de las cosas que he vivido. Podría nombrar (pero no lo voy a hacer por respeto, no vaya ser que alguien que lea esto las conozca) a muchas personas, particularmente mujeres, que se han perdido en esa falsa bohemia del Centro. Ir a una olla no lo crece a uno. De la misma forma que al conocer a una persona de la nada, uno puede pasarla muy bueno, también se puede prestar para una circunstancia que a uno le afecte la vida de una manera negativa. El poder de manejar eso lo da el carácter, nada más que eso. Un carácter no formado es un talón de Aquiles frente a la vida.

De la misma forma que la 93 o la T no son para todo el mundo, el centro, con su vida y sus pequeños huecos, tampoco lo es. El que fuma marihuana no tiene autoridad moral para decir que el resto de personas son cuadrados, muchos son chirretes y viciosos de parque (y lo dice alguien que es defensor de la legalizacón absoluta, no sólo de la dosis). Yo acá no pretendo hacer juicios a nadie, pero sí digo, y en esto soy firme, que el centro esconde mucho vagabundo, camuflado de alternativo, de bohemio o de humanista. Hace algún tiempo me cansé de ir a donde doña Ceci o a donde doña Marielita. Me cansé porque llegó un punto en que me hastiaba entrar. Uno entraba y sólo se encontraba niñitas de colegio femenino con ganas pecar los viernes por la noche. Borrachitas a la cuarta cerveza, comenzaban a querer a todo el mundo. Me cansé de las primiparadas con los vicios, con las experiencias, con el sexo... En fin, me cansé de la falsa decadencia, de la decadencia triste, lastimera, patética.

Es que hay que pensarlo fríamente, una persona que no conoce eso, y le muestran un falso mundo de bohemia, de drogas y de tertulia, fácilmente se puede creer ese cuento. Se va a creer el asunto de que es especial, de que es bohemia porque escucha Pink Floyd, y que sus amigos, los que le mostraron ese mundo, son cultos y todos unos literatos porque pueden recitar el primer verso del poema número 15 de 'Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada'. Eso no significa nada. Eso a uno no lo hace especial. Reitero, para que no digan que acá estoy juzgando, que me la paso en el centro, por eso hago este análisis. También resalto mi amor a la poesía y a las noches de tertulia. Me niego a pensar que las personas, en aras de considerarse maduras u osadas, que aun nada tienen que hacer en el centro, se vayan allá a buscar quién sabe qué. No soy moralista, simplemente sé qué pasa en un momento de descuido. Se van y no vuelve más. Al menos no siendo las mismas (esas personas).

No vuelvo a ser cómplice de eso. Primero que salgan de la cuna después miren a ver si se ponen a buscar tumba prematura.

7 de noviembre de 2009

En El Ombligo de Bogotá, Pt. III - Arte

-¿Qué haces?
-No te sabría decir, siempre es una experimentación.

[El Niño A de fondo]

Experimentación artísitca, artrítis metafísica curada. Sólo hace falta una cosa acá y rima con sonrisa.

Pinceles y crayolas, unos marcadores y muchos colores. Nadie sabe qué hace. Es una experimentación, un baile con el color: todo un acto de interpretación. Me pregunta qué escucho, qué veo, qué hago y qué dibujo. Nada, nada, nada. Solo contemplo.

Se me pregunta de nuevo y se me invita a participar. -
Dime una palabra y la empiezo a pintar, pero antes tú escribes algo que quieras expresar. Se escribe la palabra, ¿qué más da? Ni que fuera a ser vista. Al fin y al cabo es para la memoria de los presentes. Él la ve, intentando entender. Le explico que está en español, pero que inglés es así... 'Ohh, yeah, yeah, ph is f, yeah...'. Y se pone a hacer creaciones.

Un pincel normal y una pintura negra aguada se deja interpretar. Se mueve como él quiere que se mueva, y muestra en el mundo lo que él quiere que muestre. Toda una figura, toda una interpretación. Puede ser una mujer, puede ser amor, puede ser una construcción, un arma de dotación. Todo lo es y nada puede ser: es una interpretación que cada uno sabrá hacer.

Montaré la fotografía. Volvere a ese sitio. Se lo mostraré, a la palabra en cuestión le mostraré lo que inspiró.

En El Ombligo de Bogotá, Pt. I - Lugar
En El Ombligo de Bogotá, Pt. II - Personas

En El Ombligo de Bogotá, Pt. II - Personas

"¿Are you 'a gringa'?"

Y acá de todo lugar se viene. Buenos Aires hace presencia, el gringo se sonríe y la pared pinta. Una irlandesa nos cuenta de sus canciones y de la REPÚBLICA de Irlanda (que se sienta el orgullo). Uno de Montería nos cuenta de su vida, y la caleña ya está que apaga motores. El Llano también hace se siente, y los paisas por ahí se fijan. Un costeño mira toda la escena con asombro y una sonrisa.

Un coloquio de experiencias, de música y de alegría. Todos algo tienen de artista, todos tienen un candado en la sonrisa y un engranaje en el corazón. Es esto un congreso de lo humano, un evento de lo mundando contagiado por lo sagrado. Nos contamos de lo que hemos pasado, de la vida que nos ha tocado. También, como no, que Cristo debe hacer otra participación: el vino se está agotando. La palabra debe ser mojada, es más agradable.

En El Ombligo de Bogotá, Pt. I - Lugar
En El Ombligo de Bogotá, Pt. III - Arte

En El Ombligo de Bogotá, Pt. I - Lugar

-Huy marica, ¡Se parece a la L!
-Jajajaja, sí... Chiste tan macabro.

El tango y la buena compañía dan de que hablar. La risa se da siempre que está las sonrisas. La cerveza ni siquiera aturde a las mentes. No las vuelve lentas. Un maestro, la undécima letra del alfabeto y mi persona terminamos haciendo un trío de caminantes. ¿A dónde nos lleva la noche?

La música suena sobre un viejo
tocadiscos. El humo se espesa en los techos de asbesto, y las pisadas suenan como sordos golpes en un piso de madera. La caída de la noche nos presta para una necesaria huida. Todo se cae de a pedazos... Nosotros somos el más grande.

Comencemos a caminar, avancemos sin mirar atrás. Que los buses nos sirvan para llegar al hogar se vuelve irrelevante y nos da igual, siempre es así, ¿qué
carajos acaba de pasar? Llegamos a una vivienda salida de un cuento. Las paredes podrían ser de galleta, o de vino, o de vicio. Todo puede pasar. Se entra a un lugar del que, ya sé, con toda seguridad, sobrio no se puede abandonar.
Jazz suave de pareja. Basura completa para los que acá estamos conspirando. Nada de amor, estamos en tertulia y se desea únicamente más alcohol. El vino se da por montón. Un Cristo bohemio no lo duplicó, pero sí dio más dinero para comprar al por mayor. Una habitación con fotografías, retratos de mejores días. En la cama una mujer nos recibe con una tímida sonrisa: en el fondo yo sé que es fingida. Si está mal, no voy a preguntar, igual me voy a enterar. Y si no está mal... La noche que nos espera será espectacular.

Calles empinadas, mal taponadas y con corredores olímpicos frustrados: te pueden tocar y avanzar y ni siquiera te alcanzas a fijar.
Casitas del Barrio Alto, pero que es bien bajo. En límites con nuestro Egipto y nuestro propio portal de Belén. Subimos a un lugar, botellas de vidrio colgadas del techo con un nylon. Arte en todo lugar, afiches de películas que no pudieron triunfar. Están, en esas paredes la historia de todo el teatro que nunca se volvió a montar.

Lugar de Concentración: Dos camas para quien quiera actuar. Aunque en este preciso instante no es la ocasión. Paredes pintadas y canarios sin jaula. Una ventana que da a una luz tenue. Me sentí escribiendo esto desde ese preciso momento. Paredes rayadas, obras de arte
inacabadas, piso calcinado y cenizas esparcidas por todo el lugar. Esto es un cultivo de lo que se quiera consumir, hay vino, hay vicio y la noche hasta siempre puede seguir.

Inicia la música. Pronto una seña se deja en una pared.

En El Ombligo de Bogotá, Pt. II - Personas
En El Ombligo de Bogotá, Pt. III - Arte

1 de noviembre de 2009

Uno Más en la Fila

-¿Esta fila para qué es?
-No se haga el tonto.
-¡¿Hay fila?! ¡¿Para esto hay fila?!
-¿Usted qué trajo?
-¡¿Había que traer algo, luego?!
-Claro, ¿no sabía?
-No, no tenía ni idea.
-Qué mal por usted, no pierda el tiempo.
-¿Ustedes qué trajeron luego?
-Yo traje dos pulmones y un riñón.
-Yo traje muchas flores, algo de chocolate. Lo compré viniendo.
-No puede ser, no puede ser... Es verdad, había que traer algo... ¿Y ellos, los de allá, qué trajeron?
-Subjetividad, muchacho, ellos traen subjetividad. Ellos, cada uno de ellos la quiere de una manera 'única, especial y hermosa'.
-Cada uno de esos muchachos es súper especial, todos y cada uno (con tono de sarcasmo).
(Risa grupal viendo al muchacho sin ofrenda/regalo)
-Esa también era mi idea... ¡Pero cuando yo lo digo sí es verdad!
-Ridículo... todos son así.
-Y entonces, ¿qué le va a dar?
-No sé, no estoy preparado.
-Entonces sálgase de la fila, estorba. Guarde silencio en una esquina.
-¡No! Ya conseguiré algo, me molesta la fila, pero aun no me salgo de ella.
-Allá usted, no le va a ir bien.