28 de septiembre de 2009

Una Crónica de la Ciudad*

Es complicado intentar contar lo que acabé de presenciar. De una broma infantil surgió toda una narración sobre las aberraciones que se ven en la guerra contra la población civil acá en Colombia.

Noche común, nada extraordinario. Me reuní con una amiga que cumplía años, caminamos a hacer unas vueltas. Cigarros y un malboro de mil quinientos fueron la compañía. Devolviéndonos a casa terminamos en la tienda de la esquina. Llegaron otros amigos, charlamos y no pasó nada fuera de lo común. Poco después compramos dos huevos para la cumpleañera, ahí ella se dio cuenta y comenzó lo que quiero contar.

Al levantarse la cumpleañera el señor de la tienda salió a hablarnos. Este personaje es muy particular, campesino del sur de Colombia que se vino a Bogotá a buscar fortuna. Al menos eso era lo que yo sabía (o creía). El señor salió de la tienda y nos dijo: 'así igualito hacían los paramilitares por allá en mi tierra'. Todos nos quedamos callados y él continuó con su historia.

Los paramilitares eran igualitos. Llegaban a la finquita de uno y se sentaban en el patio. Le decían a uno que matara unos pollos para hacer comida y cosas así. A uno le tocaba hacer lo que ellos dijeran, de lo contrario lo mataban. Después de comer los mismos paracos le decían al dueño de la finca que fueran a dar un paseíto... Pero qué va! Eso era para matarlos ahí y ya ellos quedarse con la tierra. Muchas veces
pasaban los guerrilleros y uno con sus dos hijos de trece o doce años... Allá llegaban y le decían a uno que tenía que entregar a uno de los niños, y que si uno no lo hacía se tenía que ir del rancho. Y es que miren... uno no alcanza a coger las gallinas. Es que no se imagina cómo es allá. Con las niñas los paramilitares eran tenaces. Así que ellos vieran una niña bonita hacían así, así como ustedes. Primero le hablaban carreta, la engatusaban. La emborrachaban si dejaba. La molestaban con la ropita, le daban de comer, de beber y todo. Y después sacaban la motosierra y le cortaban un seno, o le mochaban la cabeza o cosas así. Claro, no sin antes manosearla y cosas así. Así era allá, es que ustedes no se imaginan. Y siempre era lo mismo. Los guerrilleros llegaban al patio de la finca de uno y acampaban. ¿Uno qué iba a decir? Y bueno, ellos se quedaban, compraban la comida que consumían y se iban a los dos días. Después llegaban los paracos o los militares y lo jodían a uno porque dizque uno era colaborador de las FARC. Se metían a la finquita de uno... y pues lo que le cuento. Con decirle, mire que los paracos matan, o mataban, yo no sé cómo sea ahora, abriéndole a usted el pecho y después lo botan al río. Así usted no sale a flote, porque créame si a usted lo tajan y lo botan ya no sale nunca más. Si mire que mi hermano lo tuvieron colgado dos días de las patas. Lo soltaron porque uno de los cachuchones esos lo reconoció de vender leche en el pueblo (...).
Él terminó el su intervención. Todos nos quedamos callados un rato y él volvió a entrar a su tienda.

Finalmente sí le rompimos el huevo a la cumpleañera, estabamos idos, al fin y al cabo. En el fondo sé que ninguno olvidaba la anécdota que nos habían acabado de contar. La niña al recibir el segundo huevo gritó ¿Por qué a mí, por qué a mí...?', la verdad no pude evitar asociarlo. De alguna manera pensé en la diferencia de contextos que puede tener esa frase. Para ella, la cumpleañera, esa pregunta fue casi que una burla. Riéndose de nosotros, de ella, de la jugarreta que le hicimos. Todos en términos muy joviales. ¿Pero qué de una campesina en medio del Guaviare o del Caquetá? Ella ante dos, tres paramilitares que están dispuestos a matarla, violarla y cortarla (quién sabe en cuál orden) no tiene nadie a quién preguntar. Ese "¿Por qué a mí, por qué a mí?" es una pregunta de un corte casi existencial. No se le pregunta a los asesinos, ni al alcalde del municipio, ni al presidente. Ciertamente dudo mucho que siquiera se le pregunte a algún dios. Es una pregunta casi que a la vida, a la nada, al silencio que nunca contesta. Es una pregunta sobre los motivos de esta guerra, sobre el por qué de la caída de víctimas inocentes.

Eventualmente el señor de la tienda salió con una porción de pastel de chocolate en la mano. Nos miro y dijo: 'No, pero pobre la niña. Va y se mete con los más dañados del barrio. La joden, la mojan, le echan huevos y no le dan ni mierda. Tome para que coma. Feliz cumpleaños''. Todos quedamos en silencio, ella dio las gracias.

Ya hacia el final de la noche el señor cerró la tienda y partió. Una despedida y acá me encuentro escribiendo.

*Le puse a esta entrada 'Una Crónica de la Ciudad' en honor a Jairo Aníbal Niño. Desde muy joven me encantó como él mezclaba la infancia con problemas reales de Colombia. Un ejemplo de esto es el libro Puro Pueblo. En él se encuentran varios cuentos que el título comienza con 'Crónica' y un distinto final para cada uno.

1 comentario:

  1. ...Me asusta un poco que después de semejante historia ustedes hayan podido continuar con la alegría, definitivamente muy de la ciudad.

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