26 de septiembre de 2009

Quipile

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Bien podría hablar de las eventualidades que pueden surgir en cualquier viaje. De la persona que se embriaga para hacerse uno de sus tantos personajes. Del silencio recurrente en una habitación o de las peculareidades de un daño en la plomería del sitio que me sirve de escondite.

Pero prefiero hablar las cosas desde otro punto de vista. No el típico hice esto, comí esto... No. Tal vez acá se vuelve más propicio un sentí esto, pensé esto. Eso intentaré expresar.

Es un hecho comprobado en la linguística (bendito sea ilustrísimo doctor Carlos Patiño) que el contexto geográfico tiene una incidencia en el lenguaje. De la misma forma en la vestimenta y en las acciones. Teniendo esto en cuenta, y llevándolo a un plano mucho más interno, puedo decir que el contexto geográfico también tiene una incidencia en la manera de pensar y sentir las cosas. Es eso lo que intetaré exprear acá.

Es otra visión. Es la naturaleza en plena convivencia con uno. No el parque del barrio ni el potrero de la Universidad. Es verla ahí, al lado de uno, al frente, abajo y hasta en la cocina... Es percibirla, hacerla propia. Hace mucho no me desconectaba como me es necesario (tal vez hasta la semana pasada se me volvió a hacer necesario) y no podría haber sido mejor. Es otra cosa, fuera de la ciudad todo es otra cosa.

El camino que uno toma, lo que uno piensa, lo que uno siente, el cómo se ve, el cómo se siente, el cómo se toma. Todo es distinto. La experiencia psicotrópica de ver un mar de estrellas encima de uno. El sonido de la naturaleza y la inexpugnable sensación de ser un ser pequeño, mínimo, casi minúsculo. Así me sentí en estos días. Perseguido por lo que dejo en la ciudad, por la estupidez que me rodea constantemente y los por los desagradables hechos que rodean una realidad que sistemáticamente lo deshumaniza a uno.
Allá yo le pregunto a las estrellas cómo están... Y me contestan. Allá yo me pregunto cómo estoy y también lo sé. Acá no me preguntan eso. Y acá las estrellas no contestan. Son una masa de concreto, el polvo de huesos de sueños que se soñaron una vez. De parques que se demolieron, de potreros que se acabaron para hacerlos vías donde pasen los buses y los carros repletos de peones. Allá es otra sensación la que uno tiene.

El sol dándole de frente a uno. Ahí se hace evidente el peso de la existencia. Las noches estrelladas, las caídas de Luna y la ciudad como un horno en la lejanía. Pero en nada pienso, en todo me veo y todo me siento.

Pero tengo a alguien que en esta ocasión me enseña. Le aprendo, le entiendo más y me pierdo menos. Falta mucho, pero ahora concibo mejor ciertas particulareidades de este negocio del vivir. Quisiera poder volver a vivir esa experiencia. Quisiera volverla a vivir. La voy a volver a vivir.

Por ahora agradezco a quien me abrió las puertas y me dió algo de su comprensión. Entiendo mejor el mundo entendiéndome en él. Y creo que eso hice. (Aunque quiero pulir mi entendimiento).

Y entonces volví a la Ciudad.

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